Mi querida Big-Bang:

Ensayo general de las uvas con albóndigas. Si logro engullir las doce sin llamar al Samur, seré coronada miss garganta profunda y podré reciclarme al porno casero cuando vengan mal dadas, si es que aún conservo mi público.

La segunda bola de carne me trae de vuelta una buena frase de un mal libro: «No hay casas de empeño para el corazón. No se le puede llevar allí, dejarlo envuelto en un trapo limpio y rescatarlo cuando vengan tiempos mejores». (La pasión, Jeanette Winterson). (¡Vaya si se puede, querida!). La cuarta, casi en asfixia, otra sentencia, pero de mi abuela al camarero del Ritz: «Oiga usted, el roast beef está más seco que el ojo de un tuerto».

De grandilocuencias chungas están llenas las tumbas. A la Puerta del Sol nunca fui, porque hace frío y se llena de tipejillos desalmados y borrachos de marca blanca. Y mientras los mantenga a raya no veré que soy una de ellos, colgada de las agujas del reloj, ojerosa y febril. Un puro tango con tropezones, carreras en las medias y pelucón rojiazul.

Mi gurú Walter Mercado me ordena desde su horóscopo que haga limpieza. Como mi voluntad de Aries es toda suya, he arrancado la mañana con el mocho por aquí y por allá, canturreando una de Rihanna, el temazo con el que las chukis y yo asombraremos mañana «a propios y extraños». Cada año una performance familiar nos hace «brillar con luz propia» que diría el Hola, ese pozo de lugares comunes y frases hechas cremosas como el chantilly e inconsistentes como una mousse de espárrago.

Claro que mi diablesa adolescente es más de potaje y me advierte con tonillo mafioso: «mamá, espero que esta vez seas capaz de seguir los pasos de mi coreografía». ¡Ni que fuera Rafaella Carrá! Seguro que a su hermana no le advierte que llevarse la mano al paquete está feo si no te llamas Michael y te metes picos de anestesia.

Los que crecimos con el ballet Zoom de Giorgio Aresu sabemos que lo importante es mirar fijamente a cámara, ponerse unas mallas estilo Leroy Johnson y enseñar dientes como la Pantoja. Lo demás sobrevendrá, digo yo. Y si no, siempre puedo desenfundar un «Reloj, no marques las horas…», que ahí no hay fallo posible. Te abrazas a un hombre -hermano y calvo, salvo imprevisto- y te dejas caer en desmayo sostenido, a lo Ana Ozores en la catedral de Vetusta.

Ser tan intensa me mata, lo sé. Mira que siempre me adviertes que la anticipación tiene más contraindicaciones que las benzodiazepinas, pero ando tan excitada con las campanadas que no doy pie con bola. Seremos más de treinta, una docena de cuellicortos incluidos, y para celebrar una invasión que ríete de la de los vándalos, suevos y alanos, he de recoger alfombras, plegar y desplegar mesas y guardar la plata, que siempre hay alguno que afana aprovechando la confusión.

El corazón, por si las moscas, lo dejo ahí, en la casa de empeños. Dile al prestamista que si no me ahogo con la albóndiga correré a buscarlo. Este año toca amar apasionadamente. O algo.