Ayer fui a ver la película «Isla de Perros», de Wes Anderson, ese director de mirada personal y siempre sorprendente. Y esto es algo de lo que aprendí:

1.Cuando en una película o en general en una historia dotas a los animales de humanidad y a los humanos de lo peor de sí mismos, se consigue una feliz carambola: que el espectador quiera ser perro, incluso pulgoso, porque entienda que sólo la nobleza del animal podría transformarlo en una buena persona.  Es decir, que «Isla de perros», de Wes Anderson, no es una fantasía distópica sino una metáfora casi perfecta del mundo en el que vivimos. Con sus bajezas y sus escaleras al cielo (ay, Led Zeppelin, cómo se te echa de menos!)

2.El liderazgo plantea situaciones absurdas cuando se traduce en un «quítate tú que aquí mando yo». Y  la autoridad natural es eso que se impone cuando los mandones y mandonas llevan al grupo a la incineradora y el líder o lideresa (término admitido por la RAE) se entrega al fin común incluso con renuncias personales que duelen (la libertad del perro callejero en la película).

Mi perro Brönte

3. Atentos a una secuencia  visual inolvidable:  la del cortador de sushi (no haré spoiler). Nunca un veneno se sirvió con una coreografía tan contundente, plástica e irónica.

4.La genialidad algo confusa y abigarrada a ratos de combinar el idioma japonés -para los humanos- con el inglés -para los perros. Y traducir a los primeros sólo a veces y con subtítulos o con personajes delirantes como la traductora simultánea del alcalde perverso. Un personaje que me recordó todo al rato a Kin Yong Un, el líder coreano que ayer tiraba cohetes nucleares al aire y hoy dice que no es el tipo de persona que ordenaría un ataque nuclear. O a Donald Trump cuando habla de los inmigrantes mexicanos y de la valla famosa…

Moonrise Kingdom, de Wes Anderson

5. Cuando dotas la animación de las voces de Edward Norton, Scarlett Johansson, Bryan Cranston, Tilda Swinton, Bill Murray o Jeff Goldblum los personajes son mucho más creíbles. Tanto, que a ratos se te olvida que es una película hecha con un ordenador. Y es divertido el juego de adivinar cuál de estos intérpretes se esconde debajo de nuestros héroes caninos.

6. Se puede moralizar sin hacer moralina boba. Esto es muy de Wes Anderson. Y si no, os recomiendo que veáis Moonrise Kingdom.

7.Un buen perro siempre ta da mucho más de lo que tú le das. Es un lugar común, desde luego. Pero no por ello menos verdad. Como madre primeriza perruna que soy, me sorprende siempre la lealtad bondadosa, la entrega incondicional y la presencia cálida de mi Brönte (#Yonoqueríaperro). Hace menos de un año que llegó a esta casa para transformar muchos egoísmos y bastantes reticencias. Y juro que habla, y que se hace entender en cada gesto. Además de que nos sigue recibiendo como si fuera nuestro cumpleaños aunque no hayan pasado ni tres horas desde que lo dejaste en casa para ir a ver «Isla de Perros», de Wes Anderson.

8.La banda sonora es un festival de oportunidad que juega siempre a favor de la historia y te envuelve en sensaciones épicas (y perrunas). Al terminar con ese ritmo enloquecedor de percusión dan ganas de aplaudir (como tras un aterrizaje en un avión lleno de adolescentes en viaje de fin de curso).

9.Es una película de héroes y heroínas. Diría que cumple impecablemente el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 5 (ODS) de Naciones Unidas. Un detalle:  el perro decide dejar su trabajo VIP para apoyar a su hembra, que ha tenido cachorros. Y a la estudiante de intercambio que urde el plan de liberación dan gana de llevártela a casa.

10. Y un reto: encontrad a Yoko Ono en «Isla de Perros».

 

PD. La película no es perfecta, creo que le sobra media hora, pero compensan sus bondades. Y al volver a casa abrazarás aún más a tu perro.