«Si fueras metódica yo ya estaría muerto». Es una de las frases más contundentes que he recibido en una semana horríbilis en la que vertí líquido (digamos que menta poleo) sobre mi ordenador y me cargué la «placa madre»; ese componente de mi MAC que suena a insulto y que cuesta más de 600 eurazos reponer.

El dinero, debo confesar, ha sido lo menos doloroso. Lo peor fue la angustia de pensar que había perdido 45.000 caracteres con sus correspondientes espacios de un trabajo que debía presentar en 48h. Como el límite de El Corte Inglés para que gastemos a tope una vez que nos hemos desangrado en las rebajas o cargándonos el ordenador. (Y ahora no me vengais con la frasecilla ¿pero es que no haces copias de seguridad? Sí, las hago pero se quedan alojadas en el equipo muerto). «Como Juan y Manuela», que diría mi abuela. Ripio que nunca he entendido del todo pero uso cuando considero que encaja con mis intenciones.

A lo que iba.

«Te ha castigado Dios por castrar a Brontë», tuve que escuchar. «Si llego a ser yo la que rompe el ordenador, me matas, mamá», también tuve que escuchar. Y sí, la maldición con mala uva empieza a tener cierto sentido. Porque he recopilado una sucesión de pequeñas grandes catástrofes en estos días en los que me he enfrentado con toda mi familia y he maldecido a las musas por hacerme cortes de manga. Y mi castratti -en adelante Brontë Farinelli o Faribrontë– me recibió de mala gana cuando fui a la clínica veterinaria a recogerle tras la intervención. Displicente y frío. Y ahora se hace pis por todos los rincones de la casa para demostrarme, sin duda, que eso de que con la esterilización los canes dejan de marcar el territorio es una leyenda urbana.

Hay semanas en los que te caes fatal a ti misma y esta ha sido una de ellas. Semanas marcianas -del dios de la guerra, no del planeta que pretende invadir Elon Musk. Semanas en las que podrías incendiar tu casa, o inundarla, o electrocutar a tu jilguero a poco que te descuidaras. Y la culpa es de Susan Miller, que se retrasó tres días en colgar el horóscopo mensual, cuando una estaba pendiente para ejecutar la profecía autocumplida. Y del frío y la nieve, que se convirtió en una pesadilla machacona cada vez que encendía la tele. Y de la frase que se me ocurrió pronunciar en voz alta: «Este febrero voy a ahorrar». Y entonces tuve que hacerme dos pares de gafas nuevas, tuve que cambiar las ruedas al coche y ahogué a mi placa madre. Así, para ir abriendo boca.

De modo que ayer, cuando se me propuso como gran plan ir a pasear por el cementerio de La Almudena, dije que sí de inmediato. Me pareció que entre tumbas purgaría mis pecados y espantaría mis delirios. Que el polvo al polvo me sacudiría las telarañas. Que peor es estar muerto que gafada. Y el silencio de esos campos de mármol y granito me devolvió cierta paz. Y me sacudí la autocompasión, esa compañía molesta que gime y hace un ruido tan poco rentable. Y pensé que hoy es domingo y ya he superado la semana fantástica. Y que ahora sólo espero una de esas que ni fu ni fa. Ripio que comprendo perfectamente y que está en vías de extinción. Como los genitales de mi Brontë.

PD. Dedico este post a P., generoso amigo e informático que siempre responde a mis llamadas de auxilio con esa expresión tan apacible que es un chute de Sumial sin Sumial. A C. el técnico solícito que demostró ser un profesional deluxe. A J., que soporta mis intentos de envenenamiento sin cicuta. Y a mi adolescente, que bastante tiene con aplacar los vaivenes de sus hormonas como para encima encajar los de su madre.