Cuando alguien no cuenta contigo deja de mirarte a los ojos. No falla. De pronto eres invisible. O no, no lo eres. Eres tan visible como la Gran Muralla China desde el espacio. Y el otro no puede sostenerte la mirada porque tu mirada pesa toneladas y ellos son estrechos de hombros y hay huecos insondables en sus trajes armados con hombreras. Y no lo han decidido, «obediencia debida» (el comodín del público). O sí lo han decidido pero la de verdugo es una profesión con escaso prestigio en una cena social, se me ocurre.

-¿Tú a qué te dedicas?
-A poner sogas en cuello ajeno. En cuellos de paloma que crujen cuando aprietas con tus manos de hierro, tan tibias y lechosas.

Esta semana quedé con una amiga que es todo menos invisible. Una mujer que vende contundencia azul agitada con una velocidad mental eléctrica y una inteligencia extraordinaria. Hablamos de sus circunstancias, que son las de mucha gente que pasa de ser imprescindible a estorbar en una compañía. El mundo laboral es despiadado, pero eso no es nada nuevo. 

A veces te tienen que dar el empujón para saltar a un vacío que ansiabas sin saber. De eso también hablamos. Y el pase a un estado mucho más pleno se cobra su billete. Quien no puede mirarte tiene un problema consigo mismo, a veces con su jefe/a; con su conciencia a menudo… Casi nunca contigo. Y sobran los rencores que envejecen el cutis y crean mala baba. Uno está y luego no está, fin de la historia. A reinventarse tocan, ese verbo manido y necesario. Porque lo que uno es no está al alcance de quien extiende el finiquito. No reza en una elegante tarjeta de visita. Ni se arruga en la sala de espera del lugar de los cuellos quebrados donde se encuentran aquellos a quienes dejaron de mirarles a los ojos.

Las Murallas Chinas se ven desde las nubes y brillan con la lluvia. Los seres endebles desaparecen como charcos de helado de vainilla al sol de julio. La vida es una caja de sorpresas, como dijo el sabio tonto Forrest Gum  antes de echarse a correr con paso zambo (¿o era una caja de bombones?). Quien deja de mirarte puede estar haciéndote  el favor de tu vida. Provocando que te mires más que nunca a ti mismo. Y luego resplandezcas. Y el victimismo sobra, como  sobran la rabia y el ¿por qué yo, con lo buena que soy y lo mucho que he dado?

Mi amiga no necesita que le cuente todo esto. Y que está bien quedarse sin dormir cuando al día siguiente vas a ser testigo de una ejecución, sea justa o injusta. Y sufrir el vacío metálico de una mirada que has ido evitando sin querer semanas antes, mientras el viento frío se colaba debajo de tu puerta y de tu piel. Y llorar aunque en público te dé mucho apuro. O elegir pasar el duelo sin testigos, tú sola y el asfalto. Evitar condolencias y palmadas en la espalda. Estar y no estar. La vida misma.

No es nada personal, o sí lo es. Pero hay algo gozoso en la caída libre aunque nunca pensaste en el puenting como animal deportivo de compañía. Se sueltan los corsés. El folio en blanco. Vértigo y excitación, esa droga imbatible.

Y sigues intacta tras el temblor del suelo y eres intocable, porque siempre lo fuiste. Porque Eres.