Fue leer la entrevista del filósofo Slavoj Zizek y preguntarme: ¿Ser mujer objeto es un derecho?

“Cuando las mujeres se visten provocativas, se objetualizan para atraer al hombre, están jugando activamente. Y esto es lo que molesta a nuestro chovinismo masculino que se indigna contra una chica que provoca y luego no quiere acostarse con nosotros. Rechazo la crítica a la objetualización que hace el feminismo; estoy a favor, es uno de los mayores logros de la liberación sexual. Las mujeres tienen derecho a objetualizarse; deberían tener el control del juego de la seducción”.

Leo y releo el párrafo y no puedo evitar sentir un zumbido en el estómago. Pero voy a renunciar a las tripas para proceder al análisis por partes:

¿Qué es vestir provocativas? Entiendo que el señor Zizeg se refiere a ir ¿cortas, transparentes, ceñidas, escotadas, subidas en tacones de vértigo…? Pero no, él ha utilizado el adjetivo «provocativa«, que pone en el otro (presuntamente el hombre) la capacidad de decidir la intención de ellas cuando se visten (y, que yo sepa, hay tantas mujeres como intenciones).

Ir corta, transparente, ceñida, escotada… puede ser bello, hortera, zafio, «choni» (esta aportación es de mis hijas). Estiloso o un desastre estético según las reglas de la elegancia comme il faut. Puede provocar en los demás admiración, sobresalto, burla, aplauso, envidia… deseo. Pero convengamos que hay un amplio espectro de posibles reacciones a lo que llama el filósofo «objetualización» voluntaria de las mujeres. Eso que aplaude como un derecho.

Me encantan los derechos. Y sigo con mi análisis de texto:

«Nuestro chovinismo masculino, que se indigna contra una chica que provoca y luego no quiere acostarse con nosotros». Es decir, que una mujer ataviada según hemos acordado sólo tiene un recorrido: provocar. Y esa provocación el macho sólo puede entenderla de una manera: sexo.

Slavoj Zizeg, filósofo

Conozco a muchos hombres a mi alrededor que no estarían de acuerdo con ser reducidos a su condición de machos según la ley de la selva: sacos de hormonas que se activan según los impulsos y rituales de apareamiento. Hombres que agradecen una falda corta o un pantalón ancho según la personalidad y el estilo de la mujer que defienda estas prendas. Hombres que rechazan la vulgaridad, y no la entienden como reclamo a su testosterona. Y no digo que llevar un atuendo según lo que imagino que el filósofo Zizeg considera «provocativo» sea de entrada vulgar. Digo que una mujer atractiva, igual que un hombre, es un conjunto de presencia, actitud, inteligencia, oportunidad…y también apariencia ligada a la ropa que lleva puesta.

A la hora de decidir qué me pongo, como casi todo el mundo, pienso en global. Depende de mi estado de ánimo, de mi agenda, de si me encuentro más o menos a gusto con mi cuerpo, de cómo me quedó el pelo al salir de la ducha, de si opto por la comodidad radical o por un cierto grado de incomodidad en aras de sentirme más guapa (ay! esos tacones…) Soy siempre la misma, pero a veces me disfrazo un poco, mínimamente, para jugar o para pisar más fuerte, o para insuflarme cierta seguridad extra. O por pura y simple torpeza.

Pero si elijo una prenda corta, escotada, ceñida o lo que se pueda entender como ¿provocativa?, no busco provocar a nadie que no sea yo misma. Y cada vez más me provoco con prendas cómodas que hacen que me olvide de que las llevo puestas y me concentre en lo esencial. Es más, en los últimos meses he encontrado sumo placer en repetir looks que consiguen este propósito. Tejidos naturales, formas relajadas, arquitecturas afines a mi cuerpo. Y lo que siento es algo parecido a la libertad. O a la coherencia.

«El control del juego de la seducción«. Señor Zizeg, si jugamos, jugamos. Desde luego. Nosotras y los hombres. Y la clave, me parece, no es quién controla el juego, sino que las reglas del mismo estén claras para ambos y sean las mismas. Y que saltárselas -nosotras y ellos- penalice por igual. Esto que sucede cuando jugamos al Monopoly. El sesgo de género aquí, francamente no lo entiendo salvo desde el prejuicio machirulo más convencional. Con perdón porque responder así a un filósofo brillante es una osadía. Y merezco caer en la casilla de la cárcel, si esto fuera un juego de mesa.

Pensar que una mujer ataviada como creo que usted imagina quiere objetualizarse y hacer aullar a los hombres es como dar por hecho que un hombre que te invita a cenar quiere necesaria y exclusivamente acostarse contigo. Dos opciones  entre muchas otras.

Si hablamos de grandes logros de la liberación sexual, elevemos un poco el tono. Profundicemos. Y no incurramos en el pecado capital más antiguo: considerar que una mujer es un objeto de deseo tan excitante y poderoso que ningún hombre puede resistirse a sus encantos cuando se pone una camiseta ceñida. Esto es intelectualmente endeble y disuasorio, señor Zizeg.

El feminismo al que hace mención, le diría, es también polifónico. No metamos todas las voces en un mismo saco, en función de nuestro interés para apuntalar una opinión aparentemente defensora de las mujeres.

Y por favor, no nos venda como un derecho eso que llama «objetualización». Somos adultas y hace mucho tiempo que sabemos vestirnos solas. Y también seducir, con mejor o peor  desempeño. Igual que los hombres.

¿Ser mujer objeto es un derecho? No lo creo, puesto que eso no lo decide la mujer. Y otro día, si le parece, hablamos de inteligencias, torpezas, conductas bobas o temerarias; de modelos que triunfan en las redes sociales; de vertidos tóxicos o de lo que le parezca bien.