Cristina Cifuentes anuncia su dimisión

Cristina Cifuentes dimisión

¿Quién eres, Cristina Cifuentes?, me llevo preguntando mucho tiempo.

Ver el video del presunto hurto de Cristina Cifuentes me hace sentir sucia voyeur.

Me pasó en su día con el de Pedro Jota, del que apenas sobreviví a los primeros segundos y di al off. Salvando las distancias. Hay una intimidad que es como un charco de lodo en el que sospecho que sólo debe chapotear el actor principal. O sea, el uno mismo. Somos también nuestras miserias, y desde luego no me propongo defender a Cifuentes, pero tampoco atacarla por un flanco que me deje un sabor a bilis culpable en el paladar.

En 2012 entrevisté a la entonces delegada del Gobierno y, mientras me documentaba, dos exalumnas del colegio mayor donde había sido directora Cifuentes me hablaron de las desapariciones de objetos y pronunciaron la palabra «cleptomanía«;  y un amigo, avezado periodista de investigación con buenos contactos en la policía, me contó lo del video de las cremas y lo del presunto affaire con un compañero de siglas que ha terminado en la cuneta.  Yo me guardé esas informaciones en ese baúl de Nunca Jamás donde uno deposita aquello que no debe mostrar, pero recuerdo mi estupor y que desde entonces me he estado preguntando quién era ella. Si la aguerrida persecutora de la corrupción, esa mujer que aprieta la mandíbula y de un golpe seco de coleta planta cara a quien sea menester, o una víctima de un trastorno que la lleva a hurtar lo que brilla, aunque sea bisutería mala.

Si se puede dar lecciones de integridad por un lado y desafiar toda ética al aceptar un título máster no trabajado por otro.  Y mentir con un documento falsificado en la mano y sin titubear siquiera cuando te preguntan en un espacio público de respeto institucional y con todas las cámaras delante.

Si uno puede ser valiente e insensato. Rígido y laxo. Mentiroso compulsivo y escrupuloso tesorero de una asociación de vecinos, por ejemplo. Pervertido sexual y buen padre de familia. Pronazi y magnífico escritor. Si es posible llevarse unas galletas de un supermercado – yo lo hice una vez en mi adolescencia para no ser menos en mi pandilla y casi muero de vergüenza- pero ser absolutamente escrupuloso con el gasto de dinero ajeno.

Grabación de Cifuentes mostrando el bolso a un policía

El video de Cifuentes

A Clinton le sometieron a un impeachment por el affaire Lewinsky. Un Presidente no puede ceder a la tentación de una becaria (o someterla) en el Despacho Oval donde Donald Trump le hizo el asqueroso comentario de las rubias a Macron. Si tiramos de hemeroteca quedan pocos hombres y mujeres puros. Hay quien presuntamente ha aceptado caviar y prostitutas para hacer un informe sobre un país que no había pisado en su vida. La hemeroteca es un compendio de vilezas que a veces son delitos y a veces no. Y deben castigarse, desde luego.

Pero de lo que yo quería hablar es de otra cosa. Si en 2012 yo, que no era nada más que la subdirectora de una revista de información general (Vanity Fair) , tenía conocimiento de esas informaciones y del video sobre Cristina Cifuentes, otras personas mucho más importantes  también lo tenían. Y han esperado a 2018 para sacar la munición pesada y rematar a la ya ex Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y, lo siento mucho, me parece una vileza. Aunque crea que ella no debe estar en política nunca jamás. Y que debió desaparecer de la vida pública el día que empezó a hacer mal su trabajo.

Me pregunto qué fuerza interior la ha llevado a seguir adelante con el cañón listo para el disparo cuando había tantos cabos sueltos de los que podían tirar hasta hacerle estallar la pólvora bajo sus zapatos  Louboutin (o más bien Zara). ¿El olor del poder te hizo sentir invulnerable, Cristina Cifuentes? ¿Acaso no sabías que la huida hacia adelante termina siempre en un precipicio?

Somos unos y trinos, de eso estoy segura. Conocí a una mujer millonaria que robó como divertimento unos zapatos muy caros en El Corte Inglés acompañada de sus hijas. Y le hacía muchísima gracia. También a una famosa de rancio abolengo que me pidió si podía conseguirle gratis una estancia en un hotelazo de lujo que ella podía pagarse perfectamente. Cierta actriz de gran saga familiar tenía por costumbre robar algunas prendas de ropa de los estilismos que se le ponían para las sesiones de fotos. Una directora de revista, cuando me operé con láser de miopía hace muchos años, me preguntó que quién era el médico me lo había hecho gratis, y me miró con incredulidad cuando le respondí que me había costado 500.000 pesetas. Acostumbrada como estaba al gratis total. Y así podría seguir una larga lista de «debilidades» que no pasarían la prueba del video en todos los telediarios y prensa digital del país.

No defiendo por tanto a Cristina Cifuentes. Digo que hay que ir a la guerra con una estrategia política como espada, no con una navaja comprada en los bajos fondos de un barrio al que nunca irías con tus hijos.

Su caso ha hecho que tiemble el suelo bajo los pies de otros políticos que también guardan cadáveres en sus armarios. Yo preferiría que dimitieran antes de ver un video con sus vergüenzas más íntimas. No sé vosotros…

 

PD. Respecto a mí, nunca más volví a robar. El miedo que pasé cogiendo esas galletas  para ser tan guay como la que más y el bochorno cuando me pilló la cajera del supermercado no se me han borrado nunca de la mente. Pero desde luego no pienso dedicarme a la política, no sea que las cámaras grabaran aquel hurto estúpido y mis hijas tengan que sufrir la vergüenza de que el mundo entero contemple a su madre de esa guisa.