Una nueva amiga, de François Ozon
 P { margin-bottom: 0.21cm;Resisto la tentación de leer críticas
a la película “Una nouvelle amie”, de François Ozon, para no
contaminarme con lo que opinan los críticos. Pero veo que la presentan como “película transgénero”.
Y la etiqueta no me parece del todo mal. Ni bien. Porque yo salí con la
sensación de haber visto una historia sobre la incapacidad de los
hombres para expresarse
. Entre otros temas como la amistad, la identidad o los roles de pareja.
Situación de partida: Dos amigas de la infancia se juramentan
con sangre para estar siempre juntas “en la vida y en la muerte”.
Al fallecimiento de una, la otra cumple la promesa de ocuparse del bebé y el marido de ésta. Pero el primer día que acude a la casa familiar se
encuentra una sorpresa indigesta.
A Ozon le inquieta la sexualidad, esa
frontera ambigua y de niebla donde todo está por escribir y donde, por
miedo, nos manejamos con carteles escritos por otros
. Donde todo lo que no es convencional es subversivo. A Ozon lo llaman
el Almodóvar francés, pero viendo ayer este película pensé que el
manchego habría explotado la inevitable vis grotesca de la historia.
Cosa que el francés no hace, aunque a ratos la delicadeza dominante
se le va de las manos y arranca al público unas carcajadas que
sospecho no pretendía.
El protagonista es un hombre que sin
dejar de ser hombre siente el vacío de no poder expresarse «como una
mujer». Las mujeres nos hemos pasado la vida reclamando espacios,
igualdad, cuotas de poder, mientras los hombres sufrían sin pancartas la incapacidad de explorar la emoción, el sentimiento y hasta la
lágrima fácil sin censura
. Esta mutilación es de la que habla
François Ozon, me parece. Y el travestismo es sólo la forma de
contarlo. Una manera de llevar al límite el mensaje. Se puede ser
muy hombre y muy femenino. Se puede ser mujer y actuar “como un
hombre”
(otro cliché) en la cama, en el atuendo, en la vida.
Y hay unas líneas, visibles e invisibles, que
delimitan como alambres electrificados lo que es un género y otro. Y la película te
invita a cortarlas con alicates y jugar en abierto a transgredir las convenciones
. Y no tener miedo a aceptar que uno puede ser
etiquetado como hetero y un día, de repente, comprobar cómo asoma una pulsión
homoerótica sin que eso sea un trauma. De manera natural. Y te
invita a pensar que el amor, la amistad, es una energía del corazón
a la que le ponemos nombres porque tememos que se nos vaya de las
manos. Y que hay que ser valiente para romper los carteles y dejarse
llevar.

Uno sale del cine con esa sensación de
que han tirado una piedra al charco y las ondas siguen llegando
durante un rato largo. Ves al marido convencional instalado en su rol
machirulo. Un buen hombre, sin duda, que no permitirá que lo
femenino se le manifieste más allá de ponerse un foulard
de su
mujer porque le duele la garganta. Y que cuando en la cama ella se
sube encima de él y se expresa sin pudor y va por libre, él no puede alcanzar el
orgasmo (¿como «una mujer» según esos clichés?). Y luego ves a ese otro marido que llega y le da el biberón
a su hija con un gesto indudablemente maternal, y da lo mismo que
lleve los labios pintados y dos prótesis en el pecho. Es un hombre y cuando desea
a una mujer y la abraza, sigue siendo un hombre incluso con peluca y pasado de
rimmel.

Lo que Ozon propone es una ruptura radical, y lo hace hasta el final (no muy acertado, me parece, demasiado inverosímil). Y te das cuenta de lo urgente que es romper esas convenciones sociales que hacen que un hombre que manifiesta feminidad (según cliché) sea «gay» «travesti» o «afeminado».  Y agradeces la presencia a tu alrededor de hombres sin miedo a experimentar con los sentimintos más íntimos. A reconocerse vulnerables. Un ejercicio tan arriesgado  o más que salir a la calle con tacones  y falda (y Felipe el Hermoso por el talle…)