Desde las seis de la mañana espero para abrir los regalos de Reyes. En casa se ha instalado el mundo al revés. Es la madre quien ansía y las hijas duermen, benditas sean, sabedoras de que el tiempo es elástico si uno se pone una venda y camina por el alféizar nebuloso de una ventana sin marco. La confianza plena en que el mensajero ha llegado con su carta en bandeja de plata.

“Soy de esas personas que primero hacen la digestión y después comen”, he pensado mientras colaba el caldo que hice ayer, colmado de verduras, huesos y carne magra, para sentir que cuido y me cuido. El caldo casero es un bálsamo para los huesos. El de cubitos un veneno disfrazado de práctico condumio. La Navidad un tiempo que hay que pasar, como el sarampión, para atiborrarse de todo -comida, familia, risas y planes- justo antes de la resaca y de sacar el folio en blanco y escribir la “to do list” (no, no existe en español un equivalente tan corto y contundente. Ocho palabras. Un plan de eternidad).

Mis hijas nunca han pedido nada concreto a los Reyes. Prefieren la sorpresa y eso me divierte a la vez que me obliga a pensar, a cazar deseos al vuelo escuchados en una cena o al bies de una conversación de poca monta. En mi familia hemos otorgado el masculino al azar y lo llamamos “un sorpresa”. Hoy, cuando repitamos el ritual de abrir paquetes de uno en uno y por turnos gritaremos el “¡qué será, qué será, un sorpresa y nada más!” y los vecinos seguirán convencidos de que somos unos tarados. Al final, el salón de mi madre volverá a tener el aspecto de verbena multicolor con restos desmayados de envoltorios, lazos y etiquetas con los nombres, salpicados de migas del roscón.

A mí sus majestades me suelen traer lo que no necesito, y es una extravagancia imprescindible. Caprichos libres de culpa, ese impuesto oneroso de la conciencia. De mis Reyes de ayer recuerdo una guitarra que, desde luego, nunca aprendí a tocar pero aporreaba feliz, y una taza la primera vez que mis hijas escribieron la carta para mí. Pero si de verdad pidiera lo que preciso creo que me saldría algo así:

1.Días de 72 horas (no menos de cinco al mes)

2.Templanza (un blíster de mil comprimidos)

3.Conciencia aletargada para un apaciguado caos (cortesía de Sylvia Plath).

4.El último libro de Lucia Berlin.

5.Un sofá nuevo que no haya que domesticar y sea perfectamente cómodo para las tres y nuestro Bronte.

6.Autocrítica sin velos. A cambio de menos autocicaterismo.

7.Una semana con Marie Kondo instalada en casa, dictadora de mi orden y desorden sin perder esa sonrisa que no juzga y anima a despedirse de los objetos con un “gracias” a la japonesa para quedarte escuálida de excesos y con lo que realmente te hace feliz.

8.Un detector de falsas impresiones. Lo he buscado en Amazon, sin éxito.

9.Terminar la novela (y antes, mañana si es posible, retomarla con bríos).

10.»Un sorpresa» de los buenos…