Harvey Keitel y Rommy Schneider

La frase la dice Harvey Keitel en «La muerte en directo» y es uno de esos momentazos de guión que te precipitan a la tecla de rewind del mando: «¿Prefieres decepcionar o que te decepcionen?«.

La película es magnífica e inquietante, la dirige Bertrand Tavernier y no te puedes creer que sea de 1981, salvo porque Keitel y Rommy Schneider -también protagonista- están en la juventud de su incipiente madurez.

Añadiré que Keitel es uno de mis mitos eróticos absolutos, y a mis palabras de ayer me remito. Tiene esa mezcla de misterio al vacío, profundidad sin postureo y sorna inteligente unida a un físico contundente y  nada convencional para los cánones de pasarela cinematográfica.

Para evitar el spoiler al que ya he sometido a mi hija mayor, decepcionándola de veras, contaré lo esencial: Rommy Schneider es una mujer a la que le diagnostican una enfermedad terminal. Una cadena de televisión le ofrece seguirla con sus cámaras hasta el momento final a cambio de una suculenta cantidad: 500.000 dólares. En 1981 la telerrealidad no existía ni en nuestras peores pesadillas, así que el filme es un fenómeno disruptivo de manual.

Pero no iba a hablar del valor predictivo de la película;  ni siquiera de cómo sus protagonistas se marcan un baile de interpretación tan verosímil que llega a parecerte muy normal que Keitel lleve una cámara de televisión incrustada en su cerebro con la que registra los estertores de la enferma y su huida hacia una muerte libre y  anónima de entrada imposible. Iba a hablar de lo que pasa cuando un hombre, o una mujer, no te pregunta al poco de conocerte ¿a qué te dedicas?, ¿cuáles son tus grupos favoritos? o ¿en qué universidad estudian tus hijos?,  sino: ¿prefieres decepcionar o que te decepcionen?

A mí la frase me ha estado reverberando varios días. Me parece que uno puede respirar mejor  decepcionando que siendo decepcionado. Es decir, de lo primero puedes ser incluso ajeno; pero lo segundo es una lluvia de perdigones sobre la cara que produce desazón, rechazo, furia y un catálogo  de reacciones adversas largo como un menú gourmet de varias estrellas Michelin.

Yo estoy segura de que decepciono, pero no siempe está en mi mano evitarlo. Sin embargo soy mucho más feliz cuando los demás no me decepcionan, sino que consigo alojar sus acciones o comentarios en el cajón del entendimiento, no en el de la desaprobación. Y muchas veces me cuesta. Demasiadas.

Ser humano es decepcionar inevitablemente. Como pisar insectos a tu paso distraído por un parque. Vivir pendiente de no ser una decepción para los que nos rodean -en casa, en el trabajo, en la junta de vecinos-  te somete a una tensión poco sostenible si lo llevas al extremo. Se me ocurre alguna reina cuyo lenguaje verbal, extremadamente rígido y atento, sugiere que mata por no decepcionar a nadie. Y me parece una tortura.

Puede que la clave esté en asumir que decepcionas, pero no ser decepcionante. Es decir, en un tiempo verbal (ay, las palabras y su carga de nitroglicerina). La decepción puede ser un pasaporte a la ruptura cuando se vuelve insostenible. Si miro hacia atrás y le doy al rewind encuentro desenlaces de guión que perpetré desde la decepción más insondable. Hacerme mayor está siendo un duro aprendizaje de tolerancia, de aceptación de los demás como única manera de someterme al escrutinio de mí misma. Y no me resulta nada fácil.

Así que, amado Harvey Keitel, esto es lo que te diría si un día nos cruzáramos y quisieras hacerme la pregunta. Espero no causarte una gran decepción. Eso sí, añadiré que hay decepciones de las que uno no se recupera jamás, me temo. Y personas a las que cuando te decepcionan profundamente debes alejar de tu entorno de intimidad para que no te perturbe demasiado. Diría que eso es vivir. Un proceso de selección de los amigos, las parejas, los compañeros… y sus decepciones. Y también diría que agradezco mucho que quienes están cerca de mí toleren mis momentos más decepcionantes. Como puntas de clavo que escupo desde una cerbatana invisible. Bien pensado, esa es la única manera de convivir.

P.D. Si os habéis quedado con las ganas de saber qué responde Rommy Schneider, os lo diré: «Decepcionar…Total, lo otro es inevitable» (o algo así)