“Lo primero que has de hacer es aprender a poner el límite de “a partir de ahí ya no es tarea mía”. Y, a continuación, desvincularte de las tareas de los demás”.

Hace meses M. Me regaló el libro del que extraigo esta cita. Sabía de sobra que yo lo recibiría con indisimulada suspicacia. ¿El título?: “Atrévete a no gustar”, de Ichiro Kishimi y Fumitake Koga. El subtítulo era aún más disuasorio: “Un simple libro puede cambiar tu vida”. Respingué. En este blog he escupido a la autoayuda con alevosía y en todas las direcciones; detesto la literatura vana y simplona y más si el ejemplar suma a su arriesgada propuesta una urticante invitación: “libérate de tus miedos y alcanza la verdadera felicidad”. Argggggg!

Aún así, y dado el respeto y cariño que profeso a mi regalanda, agradecí su detalle y dediqué unos minutos a las primeras páginas, para depositarlo delicadamente en la estantería de nunca jamás. No sin antes ofrecérselo a mi hija adolescente porque me pareció que a ella sí que podría iluminarla en su confusión vital desprovista de lecturas proteínicas. Con idéntico y desairado resultado.

Pasó el tiempo y pasaron los libros. Me pasaron cosas y hace unos días, en el fragor del miedo, con mayúsculas, mi persuasiva M. volvió a la carga con el libro: “Sé que desprecias la autoayuda y que el estilo del libro es muy simple y poco atractivo para ti, pero por favor, lee aquello que tiene que ver con los hijos”. Y así lo hice. No tenía nada que perder, dadas las circunstancias. Pedí perdón a Montaigne, a Stefan Zweig, a Pániker, a mis mayores que me guardan el sueño al lado de la cama y me zampé el ejemplar en una tarde, lápiz en mano, eliminando la abundante paja y quedándome con una conclusión: “Esto va de lo que podríamos bautizar como accountability emocional”. Y un propósito: “Debo leer a Adler”.

Lo más crucial de las relaciones -madres y padres con hijos/as, amigos y amigas, amigovios, parejas, amantes, colegas, jefes/as y subordinados/as…es calcular bien la distancia. Demasiado cerca, puede quemar. Demasiado lejos, el viento polar encharca tus pulmones. Y, lo más difícil, el baile de cambiar el paso a cercanía o lejanía según el momento y el compás. Incorporar nuevos ritmos. Entrenarse en la media distancia. Hacer una reverencia y, en ocasiones, desaparecer gentilmente y en el momento justo.

Nadie nos educa para identificar la cantidad de aire que hay que dejar entre dos para que todo fluya y alimente. Para preservar el yo y respetar el tú. Darse sin vaciarse. Pedir sin invadir. Asumir lo que le toca a cada uno, sin echarle la culpa de nuestra frustración cuando en realidad estábamos pidiendo un imposible. Superar el vértigo de que se nos alejen por si una fuerza centrífuga maligna nos separa para siempre o el otro pudiera caer y lastimarse.

Si pienso en algunas de las relaciones de toda índole que tengo o he tenido me doy cuenta de que a veces no he sido capaz de calcular la tierra que debía poner entre sus pies inquietos y los míos. Las matemáticas siempre fueron esa asignatura pendiente y zumbona de mis horas de siesta de verano.

(Demasiado cerca no es amor, demasiado lejos no tiene por qué ser lejanía. Y este desfase es vivir, prueba y error).

Hay amigos Guadiana que vienen y que van, y el relato no se interrumpe pese al tiempo en que el piloto rojo está en “off”. Hay amigos que lo son por teléfono y prefieren evitar otro contacto, pero su voz alumbra lo que esconden, su yo más abisal, y en esa intimidad tan precavida hay que moverse, hiatos sin consuelo.

Hay personas que a veces piden pista y tú no se la das. Y no es que no haya aprecio ni cariño, es que no puedes o no quieres despejar tu aeropuerto, o no son horas. O tu orden de vuelos está a pidiendo a gritos un cielo despejado y en silencio.

(Asumo mis tareas y las suyas, mi querida M. Entiendo tu insistencia, sabia mía. Me va a costar desvincularme a veces de lo que sólo ella tiene que construir. Seguir picando teclas sin saber qué voces oculta el silencio tras la puerta de su habitación adolescente. Cortar ese cordón umbilical que aún pende entre dos, agitado y confuso algunas veces. Entender su tarea y concentrarme en la mía. Intervenir lo justo. Detener a mis piernas cuando corran por temor o exceso de arrogancia. Contener los impulsos, dejar los dedos detenidos en el aire, componer la figura delante del tren imaginario que pasa cada noche por mi ventana, como ese relato salvajemente bello de Cortázar (del libro «Final del Juego», me parece).

PD. Este sería el clásico post que terminaría con una disculpa por el tufillo autoayudesco. Hoy otra M me escribe y disuade de este impulso sin saber: “Existe autoayuda barata de libro de aeropuerto y autoayuda que es elixir de vida, como los Bhagavad Gita y los Sutra de Siddhartha…Tu autoayuda puede ayudar si se escucha con oídos de escucha, y no de prejuicios e ignorancia”. Amén. Oído. Gracias.