P { margin-bottom: 0.21cm; }El pueblo olía a estiércol y la casa
a un potente matamosquitos que no entendía de perfumes florales.
Anoche, bajando las escaleras angostas, me invadieron de pronto ambos
aromas que ha amordazado el tiempo
, aunque queda un remedo que estalló  sin preaviso en el recodo de los peldaños de
la casa que fue de mis bisabuelos,
Casa Marco, porque aquí los
hogares llevan nombres raros que nada tienen que ver con los
apellidos familiares.
Así, mi abuela era Merceditas “de
casa Marco”. Su lápida blanca en el cementerio, a donde fuimos a
las pocas horas de llegar al pueblo, reza solamente «Mercedes»
, y
arriba, en una esquina, “Casa Marco”, por deseo expreso de mi
padre, que también lo ha hecho bordar en las toallas a un tamaño
descomunal. Un detalle insólito que más parece su empeño en
resucitar obstinado el peso de sus raíces que una coquetería
doméstica.
Porque mi padre siempre ha sido “un
Adán”. Eso que decían antes para referirse al desaliño
indumentario. Pero desde que descubrió Amazon y los tentáculos al mundo de Internet tiene más camisas que
yo zapatos.
El pueblo donde me perdía de pequeña
en aquellos veranos lentos donde me sentía inmortal no
tiene pérdida. Las casas de piedra o enfoscadas siguen ahí, y el adoquinado de las calles es nuevo y muy civilizado. Apenas he visto
perros, esos que me atemorizaban entonces, ni tampoco esos enormes
excrementos de vaca que había que sortear hace cuarenta años para recoger en casa el bocadillo de pan con mantequilla y azúcar de merienda.
He vuelto brevemente a un lugar que no
es extraño y sin embargo siempre ha sido de paso. De paso entre
veraneo y veraneo, de vuelta antes de casarme, casi inexistente
mientras pasaban los años y nacían y crecían mis hijas. Y
desaparecido como un hiato largo cuando los lazos se rompieron y el
corazón se hizo añicos, condenando al pueblo al olvido, y con él a
toda la región montañosa y adusta que es el Pirineo.
 
Hoy, el río sigue ahí, pero el agua
parece haberse domesticado y ya no es el acerico  de agujas de hielo de entonces.
O lo
mismo soy yo, más protegida por la carne que entonces era puro hueso
con fibra. Y en dos días me he pegado largos baños, y he buscado a
esos tábanos que acribillaban la misma piel que la crema Nivea
lata azul
desprotegía y exponía a quemaduras que nos impedían
dormir y que mi madre atemperaba con vinagre. Pero en esos años
nadie hablaba de cáncer y despellejarse era casi un ritual
iniciático de las vacaciones. Si no ardías, no eras nadie.
El pueblo de mi niñez era la plaza
llamada “El Plano” y un helado mini Apolo que se anunciaba en la
tele y cuya letra y música aún recuerdo. Mis padres nos lo
compraban algunas noches, después de cenar, y nos parecía un
detalle muy excepcional. Salir a la calle a esas horas era la
libertad tras el férreo régimen familiar del curso y sus rutinas
escolares
. El reloj de la iglesia marcaba el tiempo de la ausencia de
prisas, subido en bicicleta. Y también llamaba a la misa del domingo
donde mujeres y niños nos sentábamos frente al cura y los hombres
atrás, como para salir huyendo de dios en un descuido.
A mi padre, un día, le dio por volver
al pueblo y asentarse, y ahora es uno más. Como la Peña Montañesa
que reina, sacerdotisa regia.
Como los jabalíes o la longaniza del
aperitivo con esas deliciosas cañas de Casa Sidora que nos han hecho
felices a mis hermanos y a mí. Y entiendo que hay un día en que la
ciudad te desposee, y mi padre lo vio e hizo el petate. Y asumo que
para él volver a vernos es un éxodo duro, y que a partir de ahora
nos tocará venir, y podrá ser gozoso.
No recordaba el sol, despiadado. El
Norte de aquí es un Norte hostil cuando le da por calentarse, no
como mi Norte astur.
Ayer de caminata el cuero de la piel se
acartonaba y un cadáver equino nos recordó que en estos parajes no
se andan con tonterías. Y que sólo las cabras se sienten como en
casa.
Y justo antes de volver busqué en las
esquinas del viento a mi abuela, la Yaya.
Que subía cargada de café
para la parentela, cuando el café era un lujo, hace ya tanto… Y espero que nos vea
desde la Peña Montañesa hoy sembrada de nubes contemplando los
muros de esa Casa que ha resistido el paso de los años sin perder el
olor a chimenea de ayer. Y a donde habrá que volver a encontrar a
mi padre, a besar esa infancia fugitiva.