Celebración familiar de altos vuelos. Somos casi cuarenta, la tía J, cumple 90 años. Últimamente sólo he visto a mis primos cuando la muerte llamaba a nuestra puerta, y recuerdo la alegría del reencuentro aunque fuera en el tanatorio de la M-30. Esta vez celebramos la vida y hay un revuelo de padres, hijos, sobrinos, nietos, sobrino-nietos y etcétera. Todos  sonreímos igual, como si no hubiera boca suficiente para tantos dientes y el futuro fuera una carretera lisa y recién asfaltada. Lo veo en las fotos del álbum que preparo, unas horas después de salir de la reunión. Un gen del disfrute universal les fue inoculado a mis ancestros y, bien mirado, eso es casi mejor que heredar un porte distinguido o una cuenta corriente estilo Trump. No depende de las contingencias, es un cheque en blanco o un sueldo Nescafé para toda la vida.

De pronto mi otra tía, que  no se anda con rodeos, dispara con una croqueta en la mano: 1.»¿Tienes novio?» 2.»¿Cuántos novios llevas ya?» 3.»¿Vas a casarte?» (así, seguido y en plan Kalashnikov).  Reconozco que sus dardos cariñosos y bien orientados me rejuvenecen y me otorgan una vitola de seducción fatal muy Wallis Simpson. Tan alejada de la realidad que me da la risa. Son esas preguntas que se le hacen a los teenagers cuando enhebran amores como una cadeneta de principios eternos. 

Somos mayores, se supone, pero me produce extrañamiento no sentirlo así. Somos los mismos primos que corrían por el pasillo angosto de casa de la abuela esperando el delicioso bocadillo de jamón con mantequilla mientras sonaban los villancicos flamencos que mi abuelo ponía en Navidad. Y ese olor a perfume Joya en el cuarto de baño mezclado con bolitas blancas para las polillas. Y la mesa camilla con el brasero ardiendo.

Luego, la vida te separa con sus urgencias y sus cantos de sirena. Si tienes cuatro hermanos y además los adoras, más sus parejas e hijos, muchos hijos, ya tienes entretenimiento para muchas comidas, y a los tíos y primos los ves menos, cuando tocan a boda, a comunión o a muerto.

Pero mi tía J. está muy viva y ayer era una reina rodeada de muchos. Su hijo le leyó un texto emocionado que daba cuenta de su historia, de cuando la guerra civil y las penurias, de cuando trabajaba en un laboratorio, de cuando se casó, de cuando perdió a su otro hijo y perdimos todos la sensación de inmortalidad. Al nombre de mi primo, sentimos el picor de la soga en  la garganta, pero ella se mantuvo serena como entonces. Mi tía es de esas mujeres que lloran por dentro, lloran en seco y sonríen como quien acepta que la vida es como venga, aunque lo que venga sea un tranvía de frente y se lleve por delante lo mejor que tenías. Mi tía no se queja, nunca lo ha hecho. Y casi no oye, y le cuesta mucho andar y vive en una casa con muchas escaleras. Pero ella no se queja. Te lo cuenta y sonríe.

No quejarse en exceso y enseñar bien los dientes. Ese es el truco. Y agradecer ese gen que compartimos y nos hace sacar la proa aunque el hielo se clave en el casco del barco. Mi tía J lleva haciéndolo noventa años, yo no espero ser menos. ¡Qué suerte de familia me ha tocado!.

PD. Quería tía C, respecto a tu pregunta de los novios, te diría que son más que los de la reina Fabiola y menos que los de la princesa Margarita (ahora que ando absorta en «The Crown», temporada 2).