Cuando yo era pequeña Fraga era ya una caricatura.

Recuerdo que al mundo que me rodeaba le hacían gracia sus desmanes, sus puñetazos sobre la mesa, su dicción ininteligible y esos gestos de furia de malo de cuento que mete miedo a los niños porque es el papel que le ha tocado en la vida.

Fraga era un señor con unos horribles calzones metido en una playa cancerígera. O eso decían quienes lo mostraban una y otra vez  por el aniversario de Palomares. Un héroe XXL. Un señor con bombín en otra época y una historia negra bajo sus escamas. Un tipo malhumorado de serie que vendía la honradez y los valores mayestáticos de la España postfranquista.

A mí los personajes tan definidos ya de niña no me interesaban. Para eso ya estaban los westerns que veíamos los sábados por la tarde: El feo, el malo…, El hombre que mató a Liberty Valance y toda esa colección de historietas en blanco y negro que mi padre nos animaba a tragarnos con la leche y las magdalenas. Pero en la vida real ese señor paquidérmico me daba risa.

Luego vino La Trinca y le hizo una parodia musical y aquel señor pasó a ser «el trinco» para siempre. Un dinosaurio de esos que echan humo por la nariz pero son vegetarianos.

Hasta que me tocó entrevistarlo. Sin cita previa, a puerta fría. Yo debía tener 22 años y en aquella universidad de verano aprendía a vencer mi timidez con señores muy bregados. Mihuras que no se habrían molestado en mirarme de no ser porque estaban allí para eso. «Queremos a Fraga, búscate la vida», me encargó mi jefe. Y allá que fui.

Delante de mí otros le pedían entrevistas y él los estaba despachando de mala manera, cabreado por las formas, por el atuendo en bermudas, porque sí. Me acerqué con cauta determinación y un look de abogada de bufete de provincias muy apropiado.

-Buenos días, señor Fraga. Soy fulanita y mi jefe me ha dicho que o consigo una entrevista con usted o me destina a la sección gastronomía y horóscopo de mi revista.

El australopiteco me clavó la mirada, como valorando la verdad de mis palabras, después miró su reloj, dio tres instrucciones vertiginosas a su asistente y respondió: «Venga, pero rápido. Primera pregunta». En ese momento me pareció ver un brillo burlón en sus ojos, pero seguí con mi actitud de meritoria con melena francesa y alma bondadosa y conseguí un rato con el de La Trinca. Por más que lo pienso, no recuerdo el titular.

Se ha muerto un tipo que disfrutaba metiendo miedo para ganarse el respeto a su alrededor. Imagino que no era tan malo, pero tampoco un ejemplo moral para nadie salvo para quieres se aferran a la ley y el orden formal como a una tabla segura y tan rígida como sus espíritus.

Los dioses lo tengan en el lugar que se mereció.

Y gracias por la entrevista, señor.