Giacometti

1.Quise desatascar mi teléfono y terminé siguiendo las órdenes de un youtuber mexicano muy empalagoso que cada pocos segundos repetía: «paciencia…no se me vayan». No me fui, y mira que soy de irme, y desatasqué. Tanto, que perdí buena parte de la información que contenía el aparato. Como limpiar suelo de madera con salfumán.  

En mi habilidad innata para buscar el lado bueno de los dramas, me dije: «bien, ahora la batería dura el triple, las notas las tengo en mi cabeza» (y si no no eran tan importantes); «las fotos están en la nube famosa» (esa que siempre me inquieta porque el día que se torne nubarrona de Semana Santa y rompa a llover se llevará todo por delante y no tendré historia ni pasado);»las cosas pasan por algo» (esa frase que nadie se cree pero nos alivia el golpe de lo inevitable).

2.Moraleja: somos más frágiles que nunca en la omnisciente burbuja de las nuevas tecnologías. Un dedo tonto es más letal que una bala perdida en una guerra. ¿Vuelta a la libreta en el bolso y a aprender al fin los números de teléfono de mis seres queridos?.

3.Fui a la Fundación Mapfre a ver la expo de «Derain, Balthus, Giacometti. Una amistad entre artistas» y pensé que los bodegones a la pintura son como las croquetas a los bares:  La prueba del algodón de la calidad. Es difícil dar con uno ligero de bechamel (óleo) y fino de hechuras (pinceladas). Con los tropezones justos y la fritura al dente. Descubrí las peras de Derain y se me abrió la boca de admirado pasmo. Juro que la luz sale de la fruta, ese milagro en zumo que no moja.  Después, me empeñé en sentarme en un banco de piedra de la Castellana y dejarme acariciar por el sol, el fugitivo ingrato.

Bodegón Derain

4.Busco -y afortunadamente encuentro- la famosa pregunta de la entrevista que que André Breton y Paul Eluard le hicieron a mi amado Giacometti en la Revista Minotauro, (1933):
 
-¿Puede usted decir cuál ha sido el encuentro capital en su vida? ¿Hasta
qué punto dicho encuentro le dio, le da, la impresión de lo fortuito,
de lo necesario?
-Un hilo blanco en un charco de alquitrán líquido y frío me obsesiona,
pero simultáneamente veo pasar, una noche de octubre de 1930, el andar y
el perfil -una pequeña parte del perfil, la línea cóncava entre la
frente y la nariz- de la mujer que a partir de ese momento se
desenrolló, como un trazo continuo, a través de cada espacio de las
habitaciones que yo era.
Ese encuentro me dio y me sigue dando, pese a
la sorpresa y el asombro, la impresión de lo necesario». 

Nota: Si alguno de vosotros puede superar tanta belleza que tenga a bien mostrármelo. Lo agradeceré casi tanto como una buena recomendación de bares para tomar deliciosas, crujientes y livianas croquetas de boletus.