«Flores», de Padro Almodóvar y Jorge Galindo. Tabacalera. Ayer.

“Si no dudas, probablemente significa que estás siendo arrogante”. Lo dijo Rafa Nadal el otro día y levanté de inmediato la mirada hacia la tele, ese animal bobo de compañía que ha perdido su fuelle en esta casa a manos de Netflix y Amazon Prime. (El televisor, se me ocurre, podría terminar como las figuritas de bailarinas de Lladró de nuestros abuelos. Un objeto varado al que le quitas el polvo un día a la semana y reparas entonces que aún existe).

Pero esto no va de polvos ni lodos sino de la duda, esa gran dama que salta al escenario siempre sin preaviso y altiva, descarada y feroz. Del beneficio inmenso de la duda y de las palabras sabias de ese hombre humilde al que tuve el gozo de ver en la soberbia final de la pasada Copa Davis. Y de entrevistarlo muchos años atrás, en su primer Wimbledon. Cuando él ya era la promesa de un dios terrenal encarnado en un adolescente serio y algo taciturno y yo una reportera ávida y demasiado segura de sí misma que terminó el día de persecución al mito achicharrada por el sol de una Gran Bretaña con cara de pocos amigos.

Las personas más maduras, capaces y brillantes que conozco suelen incorporar en su discurso la frase “yo de esto no sé”. Sin complejos. Reconocer debilidad en algún flanco es propio de los y las fuertes. También de las personas sin miedo. O sin demasiado miedo. No hablo de la indecisión crónica, que es un molesto spin off de la duda que alumbra líderes mediocres. Ni del agarrotamiento, que es consecuencia del miedo enfermizo que pide a gritos un diván. Hablo de que habló Rafa Nadal y me paré a pensar. Hablo de que creo que la seguridad es ese andamiaje levantado a base de experiencia, conocimiento, intuición, prueba y error, vértigo, arrojo, insomnio ocasional, humilde insolencia… Batacazos. Aciertos. Dudas. Miedo.

Rafa Nadal o la duda heróica

“Le he perdido el miedo al miedo”, le había dicho sólo hace unos días a una amiga. Pues es mentira. O no es una verdad absoluta. Estos días la vida me ha colocado en el páramo del terror sin mapa, ese que no tiene que ver contigo directamente sino con las personas que amas. Y lucho contra los tics de la persona ¿segura? y determinada que soy pidiendo ayuda a quien sabe más que yo. Exploradores sagaces de la mente humana, esa diosa incógnita que a ratos nos engaña con espejismos de seguridad y a ratos nos empuja al precipicio.

Para andar por este bosque, ya lo he visto, hay que ponerse en duda un rato cada día. Hay que alumbrar los pies con la linterna. Hay que morderse la lengua antes de pronunciar según qué palabras. Hay que decir cállate a algunas personas que sin más intención que ayudar te empujan por amor hacia la culpa. (Tengo muy poca simpatía por la culpa, porque se saca poco fruto de ella y paraliza. Prefiero militar la responsabilidad. En estos días una parte de mí coquetea peligrosamente con las dos y a ratos se va con una y a ratos con la otra. Y ese bamboleo tiene un toque de duda permanente, de desazón que todo lo contagia de un gris plomo que sólo echando blanco reluciente se deja contemplar con esperanza. Y espero).

Terminaré diciendo que dudo pero creo. Que sé que pasará y el lienzo será un jardín de trazos de vibrante de color, imprevisible (como los de las obras de la expo «Flores» de Pedro Almodóvar y Jorge Galindo en Tabacalera). Que la divina resiliencia me guarda el aire cada noche y sueño que también le guarde el suyo. Que rezo sin fe, pero con terca y optimista vehemencia. Que debo demostrarle que yo también tengo miedo para que me vea desnuda y accesible, pequeña y tiritando como ella. Que el día que lo lea, si lo lee, entienda que a veces yo también me despierto en una niebla oscura, amenazante, pero que -se lo juro- hay un spray muy mágico que todo lo disipa. Que aprender a adentrarse en los bosques que más miedo nos dan requiere cumplir años, ser humilde. Esforzarse, retar al desaliento, darse margen. Curarse las lesiones, ponerse en buenas manos, confiar. Gritar un “vamos” al cielo atronador, entre lágrimas de furia o risotadas. Como Rafa Nadal. Como los grandes que dudan, se levantan y siguen adelante. Como sin duda harás tú muy pronto, hija mía.