Carmen Martín Gaite

-Dice usted bien. La vida es muy rara (señor Aldecoa), pero eso se sabe después. Claro que ustedes los que estudian lo saben antes, pero de todas formas les cuesta enterarse.

Andaba por casa el libro «Esperando el porvenir» (Siruela), de Carmen Martín Gaite, y resultó que no lo había leído ni recuerdo cómo llegó hasta mi Taj-Mahal.  El viernes, en uno de esos impulsos que lo mismo me llevan a asar pimientos que a ordenar un cajón, sentí que recobraba ese arrebato lector que me había abandonado los últimos meses. El porvenir tuvo la culpa. Narrado magistralmente por una mujer que formó parte de esa generación de los cincuenta plagada de talento inquieto y generosa camaradería. Con la figura de Ignacio Aldecoa como bisagra y referencia necesaria. Y construido con adictiva técnica de (buen) relato.

Hay palabras que resumen una época y parece que se esfuman de nuestro vocabulario cuando ésta se cierra. «Porvenir» es una de ellas. Los niños y jóvenes de entonces cifraban en él su destino. (Otro término en desuso, por cierto). Había profesiones con y sin porvenir. Novios con y sin porvenir. Y las tardes se iban en acompañar a los amigos a hacer recados. No más de uno al día porque, como cuenta la escritora, eran mandados largos y fatigosos.

Tiempos de perplejidad y melancolía. De secuelas de la guerra y de pensiones con olor a carne de gallina justita de condumio. De seres indómitos y desorientados. De angustia vital y entusiasmo contagioso. De lecturas prohibidas y de un régimen empeñado en vender triunfalismo a una población estrangulada por las balas y devastada por el hambre.

Es fácil entender aquel sentir a través de la prosa urdida por Martín Gaite. Lo hice, por primera vez, con unos cascos regalo de Reyes que me traían acordes de Debussy sin distraerme de las letras. Con un perro nervioso  alrededor y un sobrino okupa pequeñito y muy sesudo que, lejos de incordiar, nos ha enriquecido el fin de semana.

Y con esa serenidad recobrada de los minutos que pasan sin agonía y a su ritmo justo.

Una tarde que se acercó a la perfección de hechuras con esa morosidad que se cuela en tu estado de ánimo al fin en tregua.

Esther Ferrer o el tiempo

Hoy no hablamos de porvenir, si acaso de futuro. Y el futuro carece de poesía y de esa niebla que tiene el porvenir. No leemos a Sartre, devoramos series de Netflix, y me pregunto dónde están esos jóvenes que apuntalan una generación. Esos intelectuales inquietos y justos de dinero que alumbran ilusiones con prosas que resumen una época. Quién estará escribiendo de los tiempos que corren. Si es preciso que pasen unas décadas para reconocerlos. O si también se ha perdido el ser generación como se pierde el pelo o el brillo de los ojos al paso sanguinario de los años.

Y ayer, en el Retiro, con nuestro pequeño okupa justo pensamos en esto. Las fotos de la artista         Esther Ferrer en el Palacio de Velázquez  tuvieron la culpa. El paso del tiempo no es cosa de los cuerpos, no sólo de los pechos que se caen o de los pliegues que irrumpen la tersura, sino de la mirada. Los ojos van hundiéndose en las cuencas, como si se secaran. Y es un espectáculo feroz pero no triste. El porvenir de los hombros, de los pelos, es nuestro propio relato necesario. El surco de la vida que se esfuma, como aquella generación de los cincuenta. Los niños de la guerra tan lúcidos y tan obcecados en encender hogueras sin leña ni cobijo.

P.D Creo que  si yo fuera maestra utilizaría el
libro para explicar una época sin aburrir a los pobres alumnos que -como
mi adolescente- aún estudian de memorieta textos desalmados e insulsos
para salir del paso.
PD. La mirada de Martín Gaite, como la de Esther Ferrer, seguía siendo magnética y vivaz al paso de los años.