Mi querida Big-Bang;

¿Si te tiñen de pelirroja debes comportarte como tal? Lo digo porque la primera que se me viene a la cabeza es la de «The quiet man», esa que incordiaba a John Wayne, y no me veo triscando por las colinas irlandesas con cara de mala leche. ¿La identidad es algo tan frágil que un vaivén de peluquería puede hacer tambalearse? Un suponer, si el portavoz de los controladores aéreos, César Cabo, no fuese tan rubio, ¿tendría ese nutrido club de fans pidiendo «Yo también quiero que me controles»? No, si el tipo fuera pelirrojo sería un icono gay, a lo YMCA, llevaría chupa de cuero negro ajustada y gafas de rock y le dirían «hazme tuyo, César», seguido de un catálogo de especificaciones sadosexuales muy completo.

El pelirrojismo es rebeldía innata, de la que actúa por dentro y se nota por fuera, como el Bio. Una rubia siempre es una incógnita. Puede ser despiadada, pero con un asombroso aspecto angelical. Y al cine me remito. Tantas rubias asesinas, ladronas, seductoras con recámara, dispuestas a destrozar el corazón de cualquier incauto que pase por allí. Se me ocurre que en una ronda de sospechosos las pelirrojas siempre pierden la partida, pero fijo que son mucho más hábiles al póker y a la ruleta rusa.

De ahí que siendo pelirrojo te atreves a tirarte de un puente o a tirarte a un ganster. El rojo embravece, da alas. Lo malo es que cuando te las cortan no hay vuelta de hoja. A una pelirroja herida no la salva ni el bueno de John Wayne con sus zancajas de vaquero pluriempleado. La pobre terminará sirviendo pintas en la penumbra de un pub a una manada de hombres chungos que eructan en su cara, y que jamás lo harían delante de una rubia.

Como es domingo toca seguir siendo pelirroja. Aprovecharé que voy de incógnito para mangar unos CD,s en el Corte Inglés, decir muchas palabrotas de esas que una rubia contiene por decoro y por estética social, y ponerme una chaqueta de punto con pelotillas y botas Doc Martens, que es el look más adecuado a esta catástrofe. Atentos a las noticias, que lo mismo hoy se perpetra un golpe en un museo a las mujeres Renoir, tan vivarachas, tan pelirrojas…