A veces me siento enferma de futuro. No sé si alguien ha puesto nombre a ese trastorno raro de sentirse tan pleno en los inicios y a la vez impaciente del qué viene después. La espera, me parece,  es un fin en sí mismo. O eso es lo que siento últimamente.

La humanidad podría dividirse entre los enfermos de pasado y los enfermos de futuro. Los primeros se han enamorado de la Nostalgia, esa dama perversa que exige pleitesía a fuerza de continuos latigazos que llamamos flashbacks. Colgarse del ayer es una horca eterna que no deja esas huellas de soga en la garganta pero causa frugal melancolía.

Colgarse del mañana, sin embargo,  es subir a horcajadas a la rueda del hámster y vomitar la bilis riendo a carcajadas, como un adolescente temerario en un Parque de Atracciones, por ejemplo.

A los enfermos de futuro nos van bien las curas de espera, como a los tuberculosos de Thomas Mann el aire de montaña. Un vuelo retrasado, horas muertas de aeropuerto, se me ocurre. Una sala de urgencias de hospital con luces mortecinas y gente deshacuciada de sí misma que finge acompañar a los enfermos. Un mail que nunca llega. La paciencia, esa santa virtud que hay que forzar a veces si no te vino dada. Aunque sea en el quicio de la puerta, vistas al ascensor, contando los segundos marcha atrás. Impertinente.

Esta semana vi (y disfruté) “En tránsito”, de   Christian Petzold. Una película alemana con trazas de francés que habla de las esperas. O que a mí me hablaba sobre todo de ellas. De cómo a veces esperar algo se convierte en un fin en sí mismo. El trámite venido a más, ennoblecido. Lo que decía Martín Gaite de los recados en su magnífica recopilación “Esperando el porvenir”. En una Francia ocupada por los nazis varios seres esperan un barco que los llevará a la libertad, y sin embargo se enredan en instancias que siempre los retienen. Como pasillos largos, tortuosos y llenos de recodos donde musitan muertos que son esos guijarros que albergan los regresos de la playa, fatigosos y borrachos de sol y de salitre.

TRANSIT, de CHRISTIAN PETZOLD.

Seres que esperan y desesperan de amor o de nostalgia. De fantasías y miedos lacerantes. Un tren, una pared desnuda que es una portería donde un hombre herido y bello detiene los balones de un niño solitario con una madre sorda y un transistor lisiado.  Heridas de la guerra, de una guerra que no ves en la película y sin embargo es. Refugiados eternos que son esos que llegan ahora mismo en barcos con nombres literarios e incomodan y cuentan y a menudo desvías la mirada. Por miedo o por vergüenza, que viene a ser lo mismo.

La espera del Verano. Del trote por las playas de Asturias, casi al amanecer, tan deseado. De los cabos lanzados que serán o no serán, pero que sean. De todo lo que no está en nuestras manos y huele a desenlace inevitable. La espera como una dictadora que doma tu ansiedad. La conexión a Internet sin wifi pero con mi teléfono, que siempre es a pedales, pero tiene su encanto y la sorpresa cuando prende la llama y aparece una imagen, el milagro. El huerto en esta casa con patio, apenas dos macetas que crecen palmo a palmo, de semana a semana. El moroso sentir de ese pisar la hierba y llenarse de campo, amapolas angostas. El reto tan gozoso de elegir las lecturas, las chanclas y el sombrero.

El presente es tan díscolo y efímero que nos deja apenas elegir entre caer a un lado o al  otro de la red. O pasado o futuro. «Hagan juego, señores».

Enferma de proyectos sigo estando, como estaba hace un año exactamente pero más y mejor. Ayer, tan lejos y tan cerca. Cuando caí yo misma en esa Francia ocupada nadando en espesa distopía  y buscando cada tarde en el puerto de Marsella la llegada del barco que no iba a coger, con el pasaje de tinta fresca apretado entre mis manos. Sin temor a esos nazis apáticos y huérfanos de empeño que juegan a las cartas distraídos. Temblando de futuro, confiada.

Sin nostalgia de nada ni de nadie, como hoy. Alerta y a la vez despreocupada…