Soy lectora compulsiva y en estos días de vacaciones me levanto a la misma hora de siempre para dedicar varias horas a leer periódicos y revistas con la casa en calma y el ánimo perezoso. Soy periodista, pero nunca me he sorprendido en un arrebato de vehemencia corporativa. Muchos de mis mejores amigos/as se ganan la vida de otra manera. Mis padres y hermanos apenas han leído lo que yo publicaba. Mis hijas, mucho menos. No echo de menos la redacción ni los cierres aunque no se me va a olvidar jamás la vorágine de pulir un texto, la tensión, nervios y risas hasta lograr un «sí, quiero» o el olor a barniz y tinta de ese primer ejemplar sangrante de la revista cada mes en mis manos.

Confieso que leo la prensa con mirada bífida: la externa y la de intramuros. Me divierte sobremanera averiguar lo que se esconde detrás de un sumario («poco jugoso. ¿esto es lo mejor que tiene la entrevista? Pues ya no sigo leyendo»). O por qué un personaje concede una entrevista a un medio y no a otro, qué tipo de acuerdo puede subyacer en según que tratamiento de la misma…etc.

Me he divertido muchos, muchísimos años en diferentes redacciones periodísticas. He conocido a gente vibrante, talentosa, extraordinaria. Y también mediocre, ladina, mentirosa… Pero he tenido que salir de ese mundo para darme aún más cuenta de lo poco importante que era lo que hacía. De la intrascendencia de una portada por muy duro que fuese el proceso de persecución del personaje. De que un titular exclusivo, escandaloso o trepidante es algo que la mayoría del mundo no leerá y que a la mayoría de los que lo hagan no les cambiará en absoluto la vida. Seguirán saliendo enrabietados de la junta de vecinos de la escalera; los hijos/as trayendo suspensos a casa, las parejas intentando dar la talla; los padres poniéndose enfermos el día de Nochebuena; el banco enviando mails zalameros de préstamos preconcebidos que no has pedido. El grifo de la ducha goteando…y así.

Nunca me he creído eso del poder de la prensa. Esa fatuidad con la que presumen algunos. Tampoco hubiera imaginado, lo confieso, el “poder” del consumidor o del influencer hasta que me di con él de bruces en las redes sociales. Las plumas periodísticas que sigo son casi siempre de escritores o escritoras. Es decir, gente que además de pensar e influir destila belleza literaria, fina ironía, desparpajo juguetón o un destello de genio u originalidad que me retiene en un texto frente a la oferta vulgaris de los mercaderes de las palabras sin fuste.

El primer día que entré en la universidad de periodismo de la Complutense un profesor listo, sarcástico y bajito llamado Jose Luis Martínez Albertos nos hizo escribir un texto sobre por qué queríamos ser periodistas. Yo ese día llevaba una falda azul marino y un jersey gris con ovejas estilo Lady Di del que hoy me abochornaría y puse que era porque tenía mucha curiosidad, me hacía muchas preguntas que yo no sabía contestar y por lo tanto debía trasladárselas a otros. Y porque en realidad me sentía escritora, pero de la literatura no se vive y como era (soy) pragmática pues me ganaría la vida escribiendo respuestas a mis curiosidades con el mejor estilo posible. Y me quedé tan ancha.

Más de tres décadas después, sigo pensando igual aunque por suerte he cambiado de look indumentario. Y me he dado cuenta de que el distanciamiento mezclado con humor ha sido siempre el mejor antídoto contra la arrogancia.

Todo esto viene a que esta madrugada he leído calificar de “histórica” una entrevista a un señor tosco, estrábico y millonario que le ha puesto los cuernos a una mujer excéntrica y delgada y me ha dado la risa floja. ¿Histórica? Histérica, tal vez. Debió saltarse una letra caprichosa. Curiosamente ayer, en el telediario, descubrí la historia Babá Sulé. Un ghanés que pudo ser importante en el fútbol pero se rompió la rodilla y tras ejercer de electricista, chófer y vigilante, ha terminado de utillero en el Fuenlabrada. Tan meticuloso, ordenado y pulcro que los clubes que visita publican en redes fotos del estado impecable del vestuario que él deja. “Creo que no importa si te gusta o no el trabajo que haces. Siempre debes dar en él lo mejor de ti mismo”, dice él con esa humildad de los grandes.

Babá Sulé

Si hoy pudiera haría un reportaje siguiendo 24 horas a Babá Sulé. Le lanzaría muchas preguntas, observaría esa delicada parsimonia de sus manos al doblar las camisetas de los jugadores. Trataría de romper la distancia entre entrevista y conversación, como me gusta. No sería nada histórico, pero estoy segura de que volvería a casa con el cuaderno abarrotado de notas con esa letruja que ni yo misma entiendo. Y contenta, como siempre que he salido a encontrarme con políticos arrogantes o seguros de sí mismos, marqueses bon vivant y duquesas rebeldes, hijas de papá más listas que el hambre, empresarios con mala fama, intelectuales de medio o largo pelo, artistas con egos hipertróficos o liliputienses, toreros guapérrimos, tunantes y doncellas…Pretenders y genios. Personas que nunca consideré más importantes que mi familia o mis amigos y ante los que quizás por eso no me sentí impresionada o pequeña sino suertuda por poder conversar de tú a tú. Y rellenar los huecos oscuros de sus silencios o contradicciones con palabras.

Y me he dado cuenta de que eso es lo que sigo haciendo desde el otro lado. El de la llamada “comunicación corporativa” (que el periodista de redacción -o sea yo hasta hace bien poco- siempre pronunció con retintín). Buscar historias, hacer preguntas, acuñar titulares. Convertir las ideas en un relato que ayude a dar a conocer lo mejor de las personas que dan vida a los proyectos. Crear una comunidad dentro de Merck (la alemana, no confundir con MSD!!!). Pelear exclusivas de otro tipo. Nada demasiado histórico, qué le vamos a hacer. Pero me exige tanto y me entusiasma de tal modo que he crecido tres cuartas en un año y me temo que el jersey de ovejitas ya no me serviría. Pero a Martínez Albertos, listo, sarcástico y antipático, volvería a responderle con las mismas palabras…