Nos lo quitaron, la pura y rara criatura fue arrebatada a la tierra y Dios sabe que las palabras me faltan para narrar la cosa más inconcebiblemente cruel de que yo he sido testigo en mi vida. Hoy todavía mi corazón se rebela, indignado y amargado”. Thomas Mann, “Doktor Faustus”.

1.Mi amiga C.rompió a llorar el otro día en la llamada coral que las íntimas de la universidad hacemos cada domingo por la tarde. Su imagen, borrosa y mal iluminaba, representaba la de muchas otras que han perdido la fe y el sustento estos días. Las cifras tienen nombre y apellidos y no pienso airear el suyo, pero se hizo un silencio, todas sobrecogidas, y enseguida balbuceamos hondísimas y torpes palabras de consuelo.
2.A C. la otra crisis -2018/12- también la volteó a conciencia, y un día nos contó que se había presentado al puesto de cajera de una cadena de supermercados. La entrevistaron, entregó su currículum de licenciada en periodismo y su extensa experiencia laboral. Fue desestimada como candidata por sobrecualificación.
3.Mis amigos M y P fueron expulsados del acomodo y el confort de sendas nóminas hace muchos veranos y han sorteado el galope del calendario con elevadas dosis de dignidad, solidez de pareja, fe religiosa y reinvención profesional. Pero cuando empezaban a levantar cabeza el sector inmobiliario -nicho de su renacimiento- se ha venido abajo. ¿Y ahora qué? Hoy pasamos un largo rato hablando sobre la situación y sobre tantos daños colaterales. Al padre de M. se lo ha llevado esta semana la pena, no el covid-19-. Y lo despidieron desde el balcón de la casa, el cuerpo de ese hombre irónico y guasón envuelto en la asepsia protectora de una bolsa de plástico camino de la morgue.
Hay más, hay muchas historias reales. Cercanas, sientes el calor del aliento de la voz que te cuenta. Tú también cuentas, también llevas lo tuyo pero tienes mucha suerte. Un trabajo, la casa a buen recaudo, provisiones. Ideas, una explosión de ideas que han cobrado vigor en el encierro. A tus hijas, a tu padre y a tu perro. Esa compañía noble, nerviosa y agradecida que huele hasta el pálpito tembloroso de nuestro ánimo y sólo pide a cambio caricias y paseos, agua y pienso.

Tengo, vamos a ver: Las palabras vibrantes, fugitivas. Los libros, la música y cualquier afán que se pueda emprender con pincel y pintura. Reviso los rincones de la casa y ordeno o redecoro. Compro platos de colores para alegrar la vista. Los recursos afloran como nubes de insectos a la caída del sol de mi casa de pueblo que añoro en la distancia. Y luego las rutinas domésticas más prosaicas. Me río con mi amiga, otra M: “entre call y call pongo una lavadora o limpio el baño». (Versión moderna del «Entre col y col, lechuga»). “¿Nos hacemos mañana un parlao?”, propone. Resiliencia y humor, querida camarada. ¡Eso está hecho!

Y así pasan los días, y no se nos va a olvidar que fuimos otros, que acuñamos rutinas y descubrimos grietas. Las propias, las ajenas. Y de pronto una tarde de trinos se abrirán los balcones y saldrán los aplausos volando y en silencio, huérfanos de guerrilla, para nunca volver. Y habrá que aprender a acercarse y volver a tocarnos tan a tientas; ese lenguaje íntimo que el virus ha volado por los aires.