Diario confinado: compruebo que cada día me deslumbra más la verdad desnuda. O, dado que es plausible dudar de su existencia, la honestidad sin artificio. Por escasa, me temo. Me he hecho adicta a las ruedas de prensa del mediodía, a las declaraciones de los gobernantes de medio mundo, a las diatribas de los que aspiran a levantar el cetro, y me entretiene desmontar las respuestas como quien desliara una madeja de lana llena de nudos y meandros hasta llegar al cabo final, indigente e incapaz de enredarse más que en su propia evidencia. O servir de improvisada horca de museo.

Al que tiene el poder la charca se le llena de aduladores. La adulación debilita, pero se disfraza de elixir de miel procedente de abejas de mentira que induce la ilusión de estómago lleno pero al rato -días, meses, años- provoca retortijones y vómitos. Un acto heroico es rodearse de los mejores aunque no te den la razón. Precisamente porque no te la dan. Los gobernantes y cualquiera que esté al mando aunque sea de una comunidad de vecinos deberían practicarlo pese a que estos consiglieri molesten cual moscardones zumbando en una tarde chicharrera de agosto de pueblo castellano y escaso de sombras.

Leo esta mañana a Sylvia Plath. Sus «Diarios completos» (Ed.ALBA) son siempre de ida y vuelta, me acompañan y me susurran diálogos proteicos o deshilachados como en una buija sin tablero. El impulso del volver a la estantería altarcillo de mis dioses me lo dio una improvisada conversación el viernes con un austriaco desconocido al que yo hacía alemán. Una vez que me aclaró su procedencia le confesé mi entusiasta devoción por Stefan Zweig y él inmediatamente nombró el libro que yo salvaría de un incendio y coincidimos en que “El mundo de ayer” es un trasunto del mundo de hoy. Y se abrió paso entre nosotros una corriente de inmediata simpatía porque la literatura une más que el matrimonio; más que el confinamiento que algunos en mi barrio se saltan a la torera por las noches, cuando los gatos maúllan con desesperación y la avaricia de alcohol y compadreo se torna voraz y desinhibida.

Sylvia Plath y Ted Hughes

(Une más -la buena literatura, digo- que el oportunismo para salvar el pellejo a costa de la cabellera de los indios que cabalgan sin parar hasta que sus caballos echan espuma por la boca).

Sylvia Plath cabalgó derechita al horno de su casa. Sylvia era honesta, bostoniana y suicida. Brillante y frágil y suicida. Díscola, cautivadora, aguda y suicida. “Creo que cada vez soy más práctica y menos impresionable”, escribe. Y más adelante: “Empiezo a tener claro lo que es dudoso y lo que no. Cuando alguien alude con vaguedades a su trabajo y a cómo se gana el sustento […] es sospechoso y normalmente es una maniobra para adornar con florituras la cruda realidad”. Pídele tres ejemplos concretos de su cometido, llorada Sylvia, y contemplarás la madeja enredada de su cruda nada. Voilà!

Abandono el teclado un instante para escuchar a mi hermano I. en el chat familiar. “Os voy a contar cómo ha empezado mí día. Salí a montar en bicicleta y según llego al portal de casa oigo un golpe seco y veo a varias vecinas gritando espantadas hacia mí. Al parecer el gato del sexto se acababa de caer y si me descuido me aplasta la cabeza. Ayer en mi paseo se cayó la cúpula de un edificio, (salió en el telediario). He decidido que mañana no salgo”.

Nos reímos como solemos en casa, a carcajadas. El gato está indemne y la policía lo rescató de debajo del coche donde encogía su peludo pánico a tanta celebración vecinal de la hazaña. Va a ser verdad que los gatos tienen siete vidas y a los demás más nos vale salir con casco a las aceras. No sea que un funambulista desalmado se nos tire desde un sexto piso a la cabeza y nos haga papilla antes siquiera de haber culminado nuestros diarios.

Postdata: La adulación es un insulto a la inteligencia. Eso creo. Y un vómito de lava ardiente y ácido que arrasa el corazón de quien adula y lo deja condenado para siempre.