En una conversación reciente alguien propuso un juego: cada uno tendría que hacer una revelación, contar algo inédito de su vida, algo tal vez anodino que hubiera mantenido oculto, enquistado bajo la epidermis como uno de esos forúnculos que se infectan y acaba extrayendo un cirujano. O, en su defecto, una fantasía que retratara su ponzoña moral.

«Cada vez que dices «como digo yo» o empleas onomatopeyas animales quiero matarte, siento una agresividad que sube como jugos agrios de estómago, regurgita y me envenena el paladar», arranqué sobreactuada y bromeando, aunque sin faltar a las reglas del juego, y expuse a continuación cómo me soliviantan las palabras mal empleadas, la desidia en la expresión, cómo me vuelvo salvaje como un vampiro al romper la noche los primeros rayos del sol. Y, dado que mi confesión no sorprendía, tuve que reconocer que fantaseo con la idea de que no soy madre y habito sola en una casa sin teléfono ni nadie que me requiera. Reconocí que esos días de «no estoy» devoro latas de mejillones y dejo que los vasos usados se amontonen en la pila, a escasos treinta centímetros del lavaplatos. Y llevo unos leggins infectos y no me peino hasta que el espejo del baño me sobresalta con mi propia imagen. Que necesito chutes de total desidia para digerir mi vida ordenada y convencional. Que no soy yonqui porque la clarividencia más oscura me ha cogido mayor y porque aunque quisiera no sabría a dónde ir a pillar sustancias ilegales ni cómo llamar a cada cosa. Que me gusta entrar a las iglesias y que en el fondo nunca he dejado de buscar al dios amoroso de la infancia.

Ayer M. me confesó que ya no echa de menos los abrazos, la excitación, el sexo. Hace dos años que no tiene pareja ni la busca, ni la espera. M. es una mujer asombrosamente atractiva. Impecable siempre, divertida. Divorciada y con un hijo demasido inteligente como para relajarse. Ha aprendido a sublimar esa parte del amor que te hace sudar, te acelera el pulso.
Las dos comíamos lentejas, yo la miraba y entendía que los senderos de la pasión son laberínticos. Pero que renunciar a ella es una rendición un poco triste. Exiliarse de Bach, abandonarse a la melancolía de Chopin. Esto no se lo dije porque sin duda resulta pedante, pero lo pensé porque la otra noche, en el insomnio, escuché el Nocturno de Chopin http://www.youtube.com/watch?v=MPvS0g2papI, una melodía de piano que acompañó muchas tardes de mi adolescencia y que no he podido dejar de tararear.

Mi amigo V. piensa que es un fraude, y vive en el pánico a que los demás se den cuenta. A que alguien un día lo señale con el dedo y cuestione su presunta brillantez -de eso anda sobrado- y haga un comunicado urbi et orbe anunciando su «verdadera naturaleza mediocre», así la llama él, y que eso le condene a un ostracismo autoinfligido sin opción de vuelta. Triste como el Nocturno. A. siente que ya no está en la cresta de la ola, que nunca más va a estarlo, y se reafirma mientras con la otra mano no ha dejado de crear historias asombrosas.  
A S., que trabaja en el departamento de personal de una empresa, le aterra mirar a los ojos de compañeros que va a despedir. «Me he dado cuenta de que voy por los pasillos con la vista clavada en el suelo». Como el verdugo que un día se estremece al darse cuenta de que en lugar de un bolígrafo blandía un hacha. N. se ha descubierto racista después de llevar años defendiendo en su discurso la igualdad de los hombres y mujeres sin tener en cuenta el color de la piel. «Las sudamericanas son vagas. Eso es lo que en el fondo pienso. Y me avergüenzo».Y a H. le atormenta saber que ama menos de lo que le aman.

A esas alturas del juego sentimos con urgencia que había que parar o entraríamos en un túnel enfangado como un sótano lleno de aguas fecales. Un inframundo sin leyes ni tiritas. Tenebroso como la Tocata y Fuga de Bach http://www.youtube.com/watch?v=NEKF08t3mW4.