Aquella portada que fue nuestra, Lourdes Garzón

Recuerdo no sin cierta nostalgia cuando en agosto no había noticias que echarse a la boca y los telediarios abrían con la plaga del topillo de Soria. Los/as periodistas nos íbamos de vacaciones sin miedo a sobresaltos y el mundo rodaba entre la nimiedad vainilla del pronóstico del tiempo y la cita en el chiringuito de la playa al son de la canción del verano.

Hoy las portadas no dan abasto. Entre el exilio del rey Juan Carlos (con los spin offs de Corina y Villarejo), la explosión en Beirut (otra vez destrucción en la ciudad de Maruja Torres), el repunte de casos de coronavirus (mareo de cifras y letras), las cifras del paro (dramáticas pese a la bajada de julio), la muerte de un temporero a 40º y sin agua (esa crueldad máxima del ser humano), el arresto del ex presidente de Colombia (veremos), los delirios preelectorales de Trump (siempre superándose a sí mismo), la mano dura del dictador de Bielorrusia (tenebroso) y así.

Esta semana, de haber estado en la redacción de Vanity Fair (en la de antes, la de las grandes exclusivas y los textos hechos con mimo artesanal), habría tenido de interrumpir mis vacaciones para reordenar el planillo con Lourdes Garzón, tras un brainstorming impaciente y ansioso, y el veneno de la actualidad nos habría resarcido en parte del fastidio de la vuelta. Porque poco hay parecido a la excitación de escribir sobre una noticia jugosa que da un vuelco al mapa de un país. Que desencadena la pluma de cortesanos y antisistema. Que alimenta las tertulias de la noche aunque sean con mascarilla y gel antiséptico entre las manos.

Mi canción de este verano – por el momento- es Conticinio, de Guitarrita de la Fuente. Naturalmente, obligué a mis hijas a buscar en el diccionario su significado: “Hora de la noche en que todo está en silencio”. “Por la noche la policía sigue mis sueños, con fuego y con gasolina me mantengo despierto…”. D., rompe su distancia autoinfligida para confesarme que a él también le chifla el maño. Me quedo con las ganas de saber qué piensa de la salida del rey Juan Carlos. Le diría que llevar corona implica asumir la ejemplaridad como el disfrute de privilegios, y que por tanto la ha cagado (con perdón). Le diría que eso no le exime de un juicio justo y del pago de lo que le corresponda (ni más, ni menos). Le diría que no entiendo la inviolabilidad de un rey (ni de nadie) por el hecho de serlo. Le diría que me da lástima que un anciano termine exiliado como sus antepasados, como si se tratará de una maldición. Le diría que me repugnan los que la emprenden contra la corona pero no hablan de la dinastía del 3% ni reclaman su exilio del “reino” de Cataluña. Le diría…

Creo que la historia de este año está por escribir. Debe reposarse, como el tequila. Siento que hay muchos dedos apretando gatillos para disparar contra quien sea. Que no somos los mismos, aunque bajemos a la playa con las sillas y el libro y nos demos protección de 50 cada dos o tres horas como siempre. Que el orden mundial ha cambiado y huele a Apocalipsis pero nos pilla lavándonos las manos sin parar y viendo series por la noche para evadirnos (recomiendo vivamente la de Isabel Coixet en HBO: “Foodie Love”).

Que ojalá nos despertáramos en pleno conticinio y todo hubiera sido un mal sueño.

«Quiero poder verte dormir
entrar en tus visiones, saber qué es lo que fui
Aguantar la respiración

llenarme los pulmones de whisky peleón
No me levanto de la cama
Quiero servir de inspiración
Quiero ser carne de cañón
Por las noches la policía
sigue en mis sueños
Con fuego y con gasolina, me mantengo despierto
Y quiero volver a mis cabales
No te pediré de vuelta las llaves
Un elixir a mis heridas
Tentando el vicio y el azar
las posibilidades de volver a empezar
Dejando de decir mañana
Quiero servir de inspiración
Quiero ser carne de cañón
Por las noches la policía
Sigue en mis sueños
Con fuego y con gasolina
Me mantengo despierto
Y quiero volver a mis cabales
No te pediré de vuelta las llaves
Un elixir a mis heridas
Un elixir a mis heridas
Un elixir a mis heridas…»

Guitarrica de la Fuente