Y entonces regreso al viajero Stevenson y a algunos de mis subrayados con eye liner de entonces. A su alegato por el hedonismo concentrado en el detalle de los que nos es dado en el viaje. También -y sobre todo- en el viaje interior. “Tendemos a contemplar los sitios que visitamos a través de nuestro estado de ánimo cambiante […} Y luego, esta belleza sobria: “El placer era verse al abrigo del viento”. (Viajar. Ensayos sobre viajes. Robert Louis Stevenson, Ed Páginas de Espuma).

El confinamiento es un estado interior donde elijo pulsar el botón del infinito. Aparentemente, no me pesan los días. Son la oportunidad de una exploración eterna que tiende a la búsqueda del orden y la belleza, o de lo que me produce esa sensación de refinada calma: Necesitaba un jardín y lo he encontrado en un rollo de papel pintado que tardó semanas en llegar, como las antiguas caravanas del correo, y que me ha tenido entretenida unas horas. Ahora lo contemplo satisfecha y casi conteniendo el impulso de regar esa pared que es el espejo de Alicia.

Los monjes de Silos me acompañan con sus cantos y la vela de pino y eucalipto de Jo Malone que alguien me regaló in ille tempore recrean una atmósfera casi religiosa, si no fuera por las entradas sin llamar de mi amiga Estrella (Galicia) de la mano de mi padre, acompañadas siempre de aceitunas u otras fruslerías muy calóricas que él trae sonriendo, solícito dador de placeres mundanos de los que engordan y nos hacen tan felices.

Como me ha hecho leer esta mañana en el periódico que mi amigo y generoso prologuista de mi libro –Héctor Abad Faciolince– acaba de publicar sus diarios bajo el título afortunado de «Lo que fue presente» (muy en la línea de «El olvido que seremos«, su obra imprescindible). La literatura se impone al drama y a ratos de alimenta del abismo, me parece. Él vino a Madrid hace unas semanas para presentarlo y lo sorprendió el estado de alarma. Así que, cancelado el propósito del viaje, andaba haciendo cábalas sobre su destino: “Vete a Asturias”, le aconsejé, y le puse en contacto con M. para que le buscase una casa luminosa y abierta al mar de esa tierra que amo. Finalmente él pudo tomar el último vuelo a su Colombia natal antes del fin de los vuelos. (Me pregunto qué escribiría ese día en su diario, surcando las nubes víctima de este azar maligno que no respeta las fronteras ni los versos).

En el mío, que es este blog deshilachado y semanal, se amontonan los pensamientos de diversa calaña. Lo mismo lo prosaico -“Hoy compré tinte rubio que prometía volverme sueca. Resultado: mi pelo luce más oscuro, diría que con algún reflejo pelirrojo”- que lo pretencioso: “La crisis desenmascara al mediocre, al cobarde, al singermornista y fija el foco en el valiente, trabajador y comprometido”. Los gobernantes son lo que vemos estos días, y la hemeroteca se encargará de ejercer de notaria implacable cuando todo termine. “En tiempos de fake news, es más difícil engañar que nunca”, reflexiono. Las cuentas no nos salen, los muertos tendrán que ser devueltos en cenizas y alguien sumará sin hacer trampas. Los que fingen que hacen habrán de rendir cuentas a los suyos. Los que han vivido de esa renta mendaz también llamada palabrería deberán descargar sus zurrones a las puertas del templo y exhibir su nada con vergüenza. Y así…

Os dejo con otro subrayado de mi Robert (Louis Stevenson): “Un hombre no es rico o pobre por su bolsa, sino por su carácter”. Cuánta razón!

PD: Creo que hoy haré un arroz con lo que encuentre en la nevera. Un plato de domingo, como este miserere que acompaña el ritual del teclado mientras mi Bronte se despereza en el jardín de papel. Bendita sea la lluvia que regó mi paisaje sin agua y lo dejó lustroso y listo para el goce incansable de la vista.