Aprecio mucho a los buenos
profesionales, seguramente porque no abundan demasiado. Ayer di con una y le
hice la ola: ”Muchas gracias, me has atendido fenomenal. ¿Cómo te
llamas?”. Anteayer di con el caso contrario y maldije por dentro porque desgraciadamente lo necesito como
interlocutor.
La mujer se llama Elena y es una
comercial de empresa de construcción de pueblo de pocos miles de
habitantes. La había llamado para pedir una información sobre un
cerramiento; me dio todo tipo de detalles y se ofreció a hacerme un
presupuesto sin verme la cara y sin garantías de que mi llamada se
desvaneciera en el país de Nunca Jamás.
El segundo es un jefe de prensa de institución muy representativa de Madrid que suele responder
como si te hiciera un favor y tú fueras una pesada que mendiga sus
dádivas. Un ser que gruñe y no se compromete a nada, como uno de
esos emperadores a los que en el pasado había que besar la mano gordezuela en
busca de favores.
Un tipo arrogante que utiliza su cargo para
demostrar un poder del que imagino adolece en otras esferas de su
vida.
Y sí, me estoy aventurando en mis furibundas deducciones pero es que  a la persona que llamó
antes que yo, mucho más joven e inexperta, le dio una respuesta que podría
ser motivo de despido de haber llegado a oídos de su jefa. Y no, no
es la primera vez que tropiezo con la misma piedra, y siempre me
esfuerzo en ser impecable y correctísima porque así debe ser y
porque tengo una teoría contrastada con años de experiencia: a las
personas maleducadas y zafias les sobrecoge la buena educación. O
les desconcierta, que también vale.
Es como cegarles con los faros
antiniebla.
Y a veces responden y cambian de actitud.
Es posible que la culpa la tenga el«complejo de servicio» que nos han inoculado. Si sirves eres menos y por tanto tu cliente estu enemigo. Pero esto es curioso en un país como el nuestro, que
vive precisamente del sector terciario pero que lo conjuga malamente
con un orgullo mal entendido. Así, dar con un camarero solícito es
un hallazgo inolvidable. Y con un jefe o jefa de prensa que te
devuelve la llamada merece un hurra, porque lo habitual es tener que
insistir muchas veces y pasar a convertirte en un pesado/a a sus
ojos. O sea, convencerle de que tenía razón.
Hay quien se niega a coger el
teléfono de un compañero en la oficina porque “yo no soy tu
secretaria” (sic) y quien no tiene ningún empacho en bajar a
recoger el correo de todos siendo jefe.
“Que lo haga el becario,
¡no?” te dirán. Pues sí. O no. Es un tema de disponibilidad. De
oportunidad. De confianza en uno mismo. De falta de complejos. De gusto por servir. De todo
eso y algunas cosas más, imagino.
Creo que deberían impartir una
asignatura en los colegios que se llamara “espíritu de servicio”. Que orientara sobre cómo atender correctamente a unapetición de índole profesional sin que te hieran el orgullo o tedespierten ese fino sadismo de someter al otro para sentirte porencima. La mediocridad es mucho menos perdonable cuanto más arribae stás. Pero el buen servicio es todavía mejor si te lo brindaalguien que no tiene más interés que hacer bien su trabajo. Seas quien seas tú. PD.Servil no es igual que servicial.