1. 1. Porque describe qué es de verdad una familia, despreciando todos los lugares comunes y hasta los lazos de sangre: “Una unidad de consuelo, solidaridad y ternura que se protege y apoya por encima de cualquier consideración impuesta por la letra de la ley o los convencionalismos del must be (o esta es la definición que extraigo yo tras salir del cine envuelta en un aura magnética de gratitud por haber sido bendecida por esta historia perfecta del director Hirokazu Kore-Eda).
  2. Porque no cae en la tentación de poner en primer plano la miseria material -que es mucha- sino la riqueza del sentimiento más humano y heroico: el amor que desdibuja los contornos de una chabola a la japonesa y triunfa en su caída libre a la desgracia.
  3. Porque tiene una secuencia de playa que, junto a la de “Roma” de Cuarón, resume ese instante feliz y jubiloso que todos albergamos en nuestras fantasías del mar y del cariño.
  4. Porque entre sus diálogos hay dos con los que he soñado esta noche: El policía al “padre”: -¿Por qué enseñó a robar al niño? -Porque era lo único que yo sabía hacer. Y, en otro interrogatorio, esta vez a la “madre”, cuando ella pregunta: “¿Acaso sólo pueden ser madres las que han parido?”. (Cómo ser madre sin hijos, escribí una vez, y sería mi testimonio si me llamara a declarar, señoría).
  5. Porque tiene las palabras justas, precisas, encerradas en un guión sublime que discurre lineal y te estremece sin grandes adjetivos ni juegos malabares de sentimentalismo o drama barato (y mira que hubiera sido fácil).
  6. Porque cuestiona el mito de la familia en un país que presuntamente honra a sus mayores y porque nos muestra un Japón real, con sus alcantarillas, en lugar de esa imagen tecnificada, fría y rica a la que nos tienen acostumbradas las películas que suceden allí.

    Final de la secuencia de playa en «Roma», de Cuarón

  7. Porque cuenta lo que de verdad es ser PADRE y ser MADRE. Y el paso de la niñez a la vida adulta. Y que el amor verdadero es mucho más potente que el sexo -por si no lo sabíamos ya-  y que una stripper que se gana la vida manoseándose detrás de un cristal puede además ser una joven frágil que calienta sus pies abrazada al cuerpo de su “abuela” que encima no lo es.
  8. Porque recuerda que si te quieren saben que las variaciones de la temperatura de tus pies bajo el cobertor dicen mucho de ti y de tu estado de ánimo. Esa delicadeza.
  9. Porque este director y guionista Hirokazu Kore-Eda te obliga a hacer el ejercicio de mirar debajo de las etiquetas de lo que se supone que está bien o está mal, esas con las que funcionamos como los pilotos automáticos guían los aviones para que los de verdad coman y duerman y vayan al baño tranquilos y satisfechos de haberse conocido.
  10. Porque su banda sonora es de una belleza irreparable. A la altura casi de la de “In the mood for love” de Wong Kar-Wai. Esa joya a la que siempre vuelvo, anonadada.

Hay más motivos, como el abordaje de los malos tratos (violencia de género, terrorismo en el hogar) pero debo saltar a la ducha y estrenar esta semana con sus duelos y desafíos cotidianos. Sólo diré que os deis prisa. En Madrid ya sólo la ponen el los Golem!!!