Mi querida Big-Bang;
Ayer supe en un taller de astronomía para niños que Plutón se llama así por Pluto, el perro de Disney, que vivía sus días de vino y rosas cuando descubrieron el planeta al que ahora quieren dejar de considerar como tal. Los científicos son así, caprichosos y mobiles, como la donna. Y si ni siquiera de ellos y su presunta solidez nos podemos fiar, ¿qué nos queda, eh?
Bautizar no es baladí. Mi querido Calleja, ahora un poco menos querido porque le hizo ascos a mi jefa el otro día en la tele y eso sí que no, suele bautizar sus pequeñas cumbres tirando de originalidad: León 1, Castilla y León, y así. No sabe que a este ritmo no terminará en la enciclopedia, y si lo hace muchos lo llamarán «el tonto de León». O León, el recurrente.
Luego están los que juegan a la fonética confusa. Mi vecino de enfrente, un macizo con chucho, suele pasearlo a horas raras y a veces nos cruzamos. ¿Cómo se llama?, pregunto- Y él: «Paco». Y yo: «¡Qué gracioso, un nombre español como pocos, muy de Cine de barrio», comento para hacerme la simpática. Y él; «No, es Baco, como el dios». Acabáramos. Si para bautizar a un chucho sin pedigrí hay que tirar de deidades griegas que además de pimplarse conceden deseos que se vuelven en contra (y remito a la historia de Baco y el rey Midas), la cosa de la invención está muy mal y el vecino macizo deja de tener interés, por pretencioso.
Yo, si tuviera perro, lo llamaría Herodes. Un nombre sobrio, nada altisonante y espantaniños pesados. Con historia, con personalidad y con guillotina. Pero como no lo tengo me conformo con bautizar a la gente. A veces es un nombre, a veces es un claim. El último, referido a cierta chunga que tuve cerca en mi vida profesional, es «cateta y soñadora». Pero los mejores motes los ponían mis hermanos de pequeños: «Perro móvil» era un chico de su panda que salía por patas cuando había problemas, y hoy se ha elevado a categoría: ser un perro móvil es ser un gallina.
Lo dejo, que me estoy acordando de otros alias que podrían comprometerme. Aunque me lean cuatro ilustres gatos, nunca se sabe quién puede asomarse por aquí y vengarse con un mote demoledor: «la chunga con mechas» o «la mamarracha de los tacones» serían acertados. Ahí los dejo, gratis total, que tengo que irme a defender la permanencia de Plutón para que me conceda la gracia de convertir lo que toco en oro. O algo.