He soñado que volvía a Google Maps (Manderley queda mucho más lejos).

«Sí, me verás aparecer en lo oscuro, siempre con la misma pregunta. Porque solo cuando la respondas sentirás bien, solo cuando reveles lo que hasta ahora escondes en lo más hondo de ti, diablito».

Amanecí hoy con lamentones de Bronte por cara y pelo, eso que juré que nunca pasaría.  De ahí al aliento de la prosa de Julio Ramón Ribeyro, el hombre con el que me hubiera gustado pasear por la orilla del Tajo sin abrir la boca (yo), acaso del brazo. Tratando de averiguar cuál era su pregunta. O cuál es la mía, o la tuya. Esa cuya respuesta escondes, diablito/a.

La semana pasó como un ciclón, y ya no es noticia. Viajé un poco, toqué mar sin descalzarme, despaché sororidad con lideresas, cumplí años, vi “Dolor y Gloria” de Almodóvar. Descubrí que por primera vez Antonio Banderas me gusta y que tanto él como Penélope Cruz agradecen la madurez y la cámara -esa notaria cruel- lo constata. Me quedo con cada secuencia de la cueva, especialmente el hallazgo de la homosexualidad, esa delicadeza desprovista de morbo que es pura poesía envuelta en azulejos vintage, y con la conversación de Antonio con su madre «no has sido un buen hijo» (el peso de la culpa). Me sobran papelinas, me llevaría el Pérez Villalta de ese piso tan Pedro. Y el sofá tramado en dos colores que soporta su angustia o el contraste colorido de la cocina que es la mía en sueños. Me cuesta reconocer a Cecilia Roth -aquel pibón que fue-. Hay un momento frágil en que el espejo te devuelve una mujer sin juventud frutal, y te la juegas en otra consistencia. “Te queda tener un buen lejos”, dicen algunos. Yo prefiero un buen cerca con arruguillas y todas sus consecuencias. El mapa de la vida  bien cuidado.

Añadiré que también esta semana me perdí dos veces con el coche -tampoco es nuevo- y esta vez conseguí no entrar en pánico sino continuar, resignada, siguiendo las instrucciones de un navegador retorcido hasta que me aburrí de obedecer y empecé a desconcertarle con mis decisiones. Si no lo habéis probado, deberíais. Se puede torturar a Google maps, vaya que sí se puede. Hay cierto sadismo entre los que nos perdemos por defecto en verle recalcular rutas una y otra vez, mientras tú te relajas en tu desorientación y sudas una capa fría que no cala la blusa. Conviene, eso sí, llevar el depósito del coche lleno y haber quedado con alguien de confianza que en lugar de arrugar la nariz por el retraso te reciba entre abrazos dándote la enhorabuena (gracias querida Marián).

-¿Por qué te pierdes tanto, mi pequeña? (sería la pregunta si el prosista peruano no hubiera trascendido al más allá).

Creo que las preguntas más cruciales tienen cara de tontas. Simpleza engañosa como los buenos textos. El poder de abrir viejas compuertas de hierro oxidado y ver cómo una bocanada de agua caliente y salina te lleva por delante, como un parto.

He pasado treinta años preguntando a los otros millones de preguntas, y las más esenciales hubieran sido, quizás: ¿Por qué te ocultas tras esas gafas de sol frente a la gente? ¿por qué necesitas siempre tener a alguien a quien mandar, aunque sea a tu hámster? ¿por qué no abres los sobres del banco o de Hacienda? ¿por qué chasqueas con la lengua antes de decir una mentira? ¿por qué siempre llevas una bonita joven que te admira regular pero finge a tu costado? ¿por qué sigues casada con ese hombre vil que no te llega a los tobillos? ¿por qué en tu casa no hay libros? ¿por qué te has pasado a las plantas artificiales? ¿por qué usas a tus hijos como escaparate de familia perfecta (eso que no existe)? ¿por qué no eres capaz de quedarte callado y masticar silencio y ese vértigo? ¿por qué no le devuelves lo suyo de una vez? ¿por qué no te atreviste? ¿por qué, por qué, por qué?…

¿Por qué me pierdo tanto?

El cemento de mi patio resplandece, regalo de la lluvia generosa. Ayer hurté del campo un ramo de lilas a punto de estallar y las puse en un vaso. Monté una lámpara de IKEA, de esas fáciles. Compré otro lavavajillas (esto empieza a ser enfermizo, debo hacérmelo mirar y preguntar en la buija por qué todas las máquinas de mi vida se estropean de golpe). Hoy seguí celebrando cumpleaños con los míos, esa tribu gitana, y recibí literatura de la buena, bombones y un rouge de Chanel que me hará ser más yo, flamígera y coqueta. Y ruego a los dioses que me concedan una semana lenta, incluso aburrida si procede. Porque alguien -¿Mr Google maps?- se está burlando de mí y mueve la ruleta a toda prisa, y temo al vendaval que podría arrancarme los dientes, las ventanas, los recuerdos.