Los riesgos del uso del whatsapp

Peligros del whatsapp

Ayer el whatsapp y mi despiste me jugaron una mala pasada. Invité sólo a mi madre y a dos de mis hermanos a comer, los que no tienen hijos pequeños o no los tenían este fin de semana, porque estaba cansada después de una semana horríbilis. Y porque no me sentía con fuerzas de pasar de seis comensales a catorce.

En lugar de explicar así mi decisión, grabé un mensaje de voz sólo para el interesado  instándole a que viniera «discretamente». Pero en realidad utilicé por error el canal del grupo familiar y mi estrategia artera quedó a la vista de todos, para ser reproducida tantas veces como desearan.  Con mi consiguiente sonrojo y mala conciencia.

Escrito así no es para tanto, diréis. Pero sí es un aviso que te recuerda el peligro de las redes sociales sobre todo para los espontáneos, impulsivos o fatigados con el dedo tonto (soy tres en una). También que cuando las familias crecen a veces hay que trocearlas, como he hecho estos días con un encargo laboral que de una pieza se me antojaba correoso e impracticable.

Solo que en mi familia nunca hemos sido de trocear… Nos gusta ser Una, Grande y Ruidosa. Así que aún me siento un poco culpable por mi pecado. (El «discretamente», por cierto, ha sido lo que más ha molestado», me hicieron saber. Y no descarto ser conocida en adelante con el sobrenombre de «V. la Discreta» o «Adivina quién no viene a comer este sábado»). De manera que  ya estoy trabajando en distintas fórmulas de compensación para los agraviados que de paso limpien mi mala imagen. Por ejemplo, el modelo Letizia the Queen: esperar y abrirles la puerta del coche cuando lleguen, sonriendo con rictus de «no sabéis lo que os adoro, chatines», o «aquí paz y después gloria».

La Familia. Mi tema preferido. Y el nudo central de una película que he visto estos días y no me arrebató, por sus diálogos a veces impostados o espesos y por la presencia de algún personaje altisonante -el pescador que recita piezas teatrales de memoria- que no merecía ser invitado a la mesa (salvo que se hiciera discretamente, tipo yo). Pero sí creo que «The House by de Sea», de Robert Guédiguian, tiene uno de esos finales esperanzados y bellos que no se te olvidan, y momentos de buen cine que merecen haber estado allí.  Además de los nachos con guacamole y margaritas en buena compañía consiguientes.

Se trata de una historia de hermanos distanciados por la vida y los rencores que se reúnen en torno al padre, a quien un ¿ictus? ha dejado en estado vegetativo y sin solución. («Podría vivir ocho años, como Ariel Sharon», suena uno de los diálogos más divertidos de la cinta. «Sí, pero Sharon era judío, y los judíos son más resistentes»). Convincentes los personajes de los tres hermanos, el padre mudo en su catatonia y sentado con el gotero o los vecinos mayores que han tomado una decisión radical y sin embargo comprensible. También la costa de Marsella desde la barandilla de una Casa que representa toda la historia familiar. Y un restaurante propio donde sólo se cocina pasta. Justo lo que hice yo ayer para mis escasos invitados. Pasta con setas. Y me quedó discretamente insípida, que lo sepáis los que no vinisteis.

«Te ha castigado Dios», murmuraréis parafraseando a mamá.

Y tendréis razón. Y aún quedan macarrones en la nevera, que se comerá nuestro Brontë. Y pelillos a la mar, que prometo compensar esta afrenta y apagar el whatsapp por una temporada para evitar males peores…