He soñado que me casaba y volvía  ser parte de ese tándem rotundo y demoledor llamado matrimonio.

Despierto y leo que «por fin» Viri, la mujer de Rajoy, sale de su letargo voluntario para acompañar a su santo a una cumbre del G-20 y la noticia se saluda con alborozo. No es lo mismo ir a pelo a los sitios que dar el espaldarazo con tu rubia de expresión seria y concentrada a la grupa. El matrimonio impresionará sin duda a los altos ejecutivos de los países más ricos. Eres dos, con toda la fuerza y todo el empaque de la verdadera bicefalia. Los Obama lo saben y lo explotan. Cristina Kirchner sigue haciéndolo aunque el suyo ya murió. Más vale marido muerto que esposo por llegar.

«Jugamos cuatro matrimonios al pádel», me cuenta mi amiga MJ. y enseguida percibo que no pintaría nada en ese grupo. Y esa sensación agridulce vuelve a apoderarse de mí. Cuando eres matrimonio, creo, sabes que nunca estarás solo (desde el punto puramente aritmético). Sabes que no plantearás retos a los que te invitan a su casa a la hora de disponer el tétrix de la mesa. Sabes que no te echarán los tejos descaradamente, sino con excitante timidez y acaso por debajo del mantel. Ir con marido a los sitios, digo yo, es como acompañarte de la guardia suiza, del director de sucursal del banco, del séptimo de caballería. Un seguro de vida, un plan de jubilación.

Me pregunto si los matrimonios se buscan y se refuerzan para compartir el tedio, la condena común, la renuncia a sacar los pies del tiesto. No, no debo ser cínica. Conozco algunos que funcionan y se acompasan al trote los domingos a la hora del aperitivo. Él empieza una frase, ella la termina. Respiran al unísono y se aman los viernes por la noche y fiestas de guardar. No sienten el yugo porque han aprendido a correr en línea recta. Se consultan las decisiones y antes de decir sí a una propuesta te advierten: «se lo comento a mi mujer y te digo algo». Son un frente común en la salud y en la enfermedad y supongo que es bonito.

Mis amigas casadas suelen mirar de reojo a las solteras y divorciadas, que a su vez envidian la serenidad de aquellas. Sí, es cierto que a veces despotrican de los maridos, se enfadan y atraviesan campos de minas que ponen en riesgo la estabilidad de sus tobillos, pero pasa la tormenta y te das cuenta de que ha sido un terremoto necesario para revolver el gráfico plano de las ondas matrimoniales. Un matrimonio sin shock es un cadáver a dos minutos de la putrefacción.

Soñé que me casaba y volvía a llevar una «señora de» conmigo. Volvían a invitarme a las cenas de matrimonios y jugábamos al tenis los sábados por la tarde. Era la unión que hace la fuerza, el tranquilo devenir de los días, el armario compartido -tres cajones tú, tres yo- La vida en sí bemol, la sinfonía.

Y entonces desperté dodecafónica y me di cuenta de que nunca me gustó jugar al pádel, ni consultar los planes con nadie, ni llevar anillos que corten la circulación de los dedos. Y me dio cierta pena, porque los frágiles necesitamos descansar en un hombro amado y bendecido.

Y pensé que si alguna vez vuelvo a casarme será en un rapto de pasión incontenible, que no habrá lista de boda ni intercambio de regalos, sino la sensación sobresaltante y dulce que intuir que quien está conmigo podría no estar mañana y no pasaría nada.

Y lo que el delirio de la noche ha unido, que no lo separe el hombre…