Mi querida Big-Bang:

La vecina de al lado la ha vuelto a liar parda. Anoche, cuando empezaba a adormilarme, va la fiera de su niña y empieza a gritar desgañitándose como la del Exorcista, con unas voces in crescendo que sólo callaban para echar babas verdes. Vale, sí, esto me lo imaginé yo, pero estoy por coger la buija e invocar al padre Karras, que era tan dispuesto el hombre, porque al otro lado de mi tabique necesitan urgente un exorcismo.

Yo lo del demonio siempre lo he vivido con cierta precaución distante. Las monjas del colegio sostenían que era una presencia tan vívida como la de la virgen María, pero la cosa es que en la Iglesia no había una imagen del maligno y yo, si no lo veo, me lo creo menos. A la virgen la llevábamos flores en mayo, y al demonio bien podríamos haberle llevado una ristra de ajos en diciembre, un suponer. Crecer con una representación del lado oscuro le hubiera dado realismo a la amenaza esa del fuego eterno y el caldero.

«Madre Socorro, madre Socorro, ¿cómo sabremos que el demonio anda cerca?», preguntábamos. «Está siempre ahí, invisible, tentándoos para que actuéis mal», respondía la jodía, y las que fumaban a escondidas a los baños pasaban tres o cuatro días vigilando despavoridas por si después de la calada se les aparecía el señor del tridente.

¡Qué cándidas éramos!. Crecimos con la culpa adosada a los riñones. Decíamos la verdad, por si las moscas, y nos costó muchos años comprender que mentir bien es un talento que puede llevarte muy lejos. Pero para cuando lo entendimos, era demasiado tarde. A mí la verdad sólo me ha llevado a un sitio: al diván. Y estoy por emprender acciones judiciales contra mi colegio y sus moradoras con toca, porque con sus vírgenes y sus demonios han marcado mi biografía y me han arruinado a 70 eurazos la sesión.

En realidad me hubiera gustado ser libertina, mentirosa, tramposa, astuta y hasta inmoral. De toda la vida los personajes bondadosos han carecido de sex appeal. Y si no, mira la niñera de «Sonrisas y lágrimas» -Edelweis, Edelweis- tan pánfila, tan ingenua. Siempre rodeada de niños vestidos de tirolés. Un cromo.Y mira sin embargo a la mala de «Eva al desnudo», y a la mala de «Rebeca», y hasta a la mala de «La mano que mece la cuna». Tan irresistibles en su ponzoña moral. Tan fascinantes.

Así que estoy por dejar a Karras descansando en el más allá y cuando la vecina vuelva a ser poseída personarme en su casa y pedirle a satán que me dé tres o cuatro nociones de maldad de la buena. Se van a enterar las monjas esas de lo que es tener a la clientela revenida. Más vale que duerman con la virgen a sus pies, el crucifijo en el pecho y tres o cuatro garrafas de agua bendita bien a mano. ¿A que doy miedo?