En el Sótano, de Ulrich Seidl Ayer volví al gimnasio en un alarde de vulgaridad de enero. La pulsera magnética de la entrada ya no servía de salvoconducto. Estaba tan oxidada como mis articulaciones. Cuando conseguí programar la bicicleta -ya había olvidado cómo se hacía y tocado todos los botones alocadamente-  clavé la vista en las pantallas de televisión. Una de ellas me mostraba a…