Playa Cantábrico

Arde media España y en el Norte presumimos de ir con sudadera y jeans. Abrigarse en verano es un acto de chulería máxima, sobre todo para quienes hace un rato que se sienten mejor vestidos que desnudos y transitan con foulard de cashmere, zapatillas de deporte desgastadas y Nautide. Ese accesorio imprescindible en forma de app que no llama a una cita a ciegas, sino a sumergirse en la aventura prolija del conocimiento anticipado de las mareas, movimientos astrales y velocidades caprichosas del viento. La previsión de las fuerzas de la naturaleza en la diletancia sin corsé del urbanita. El paso de las horas sin ansiedad de oficios ni olor a obligaciones pautadas.

Apuro el tiempo con mis hijas, ese regalo. Me reconcilio con la cazuela y el marmitako de bonito hecho a fuego lento. Las conversaciones deshilvanadas y los reencuentros fugaces con amigos. Un año es un hiato que deja un recuento vital no exento de divorcios y una muerte que ha dejado a una mujer hundida en el dolor más insondable. El luto del amor verdadero no entiende de consuelo, me parece. Ella sigue rotunda, morena y salvaje, como siempre, pero se dice frágil y enjuga el brote pudoroso de las lágrimas con delicadeza de maestro relojero. El amor profundo y duradero se cobra caro su peaje, me parece; igual que las playas más increíbles siempre te obligan a hacer esfuerzos y llegar magullada, llena de arañazos o agotada de subirbajar cuestas con ortigas y barro.

Nautide app

Galerna, lo que hubo antes de ayer era galerna. Y esa palabra tan bella y plástica encierra una bestia furibunda y capaz de escupir lluvia fina a una velocidad tal que la torna en millones de alfileres punzantes. Estalla el cielo y me hipnotizan los limpiaparabrisas llevándose el agua a ritmo fijo, chiss, chass. “¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?”, escucho a voz en grito. El placer de poner la música a lo bestia mientras conduzco sola, tras el encuentro de las lagrimas con vino y confidencias de amistad al aroma de una tortilla de patatas recién hecha en el porche de un bar sin pretensiones. Otro día.

«Y desafiando el oleaje
Sin timón ni timonel
Por mis venas va, ligero de equipaje
Sobre un cascarón de nuez
Mi corazón de viaje
Luciendo los tatuajes
De un pasado bucanero
De un velero al abordaje
De un liguero de mujer…»

(Peces de ciudad. Joaquín Sabina y Pancho Varona)

PD.Dedicado al único hombre al que consentí que me gritara al teléfono: «Tira esos putos macarrones por el wc y vente a cenar con Alicia!!!». In memoriam.