«Caras y lugares», de Agnes Varda

Hoy quería escribir sobre Agnès Varda y sobre su excelente película documental “Caras y lugares”, realizada mano a mano junto al artista francés JR. Una road movie donde se borran las barreras generacionales y comprobamos que el entusiasmo creador, el genio y  la refutación del valor excepcional de la gente corriente son un pasaporte hacia el aplauso. Un tándem de nonagenaria mito con treintañero nervioso y delicado que funciona y destapa situaciones de humor, ternura, melancolía y asombro. Una de esas películas de las que sales creyendo un poco más en el ser humano y en que cumplir años puede ser una fiesta si no te rindes a los lugares comunes que acompañan a la edad y te dejas envolver por los proyectos. El presente continuo, la rabia y la alegría.

Ella. Una de las grandes damas de la Nouvelle Vague. Rodando por crowfunding, esa herramienta de los nuevos tiempos que permite realizar sueños gracias a la generosidad de los demás. Seres anónimos. Agnès Varda, con esa mirada de aguilucho bajo unos ojos enfermos en los que JR se recrea. Igual que en sus pies descalzos  ancianos e infantiles que terminarán decorando un vagón de tren que no se para. Igual que ella.

Iba a hablar de esa furgoneta fotomatón que escupe pósters gigantes que enaltecen paredes en ruinas; depósitos gigantes de agua o un búnker de hormigón de la Segunda Guerra Mundial varado en una playa. Una de esas playas frías francesas donde sólo pueden estallar historias que terminan regular y que desencadenan estremecimientos en la butaca. Lágrimas secas que encharcan los pulmones.

Iba a hablar de esas mujeres de estibadores rubias y rotundas a las Agnès Varda convierte en heroínas fugaces que vuelan desde las alturas de esos contenedores que apilan sus esposos. O de esos cafés recoletos de pueblo donde una conversación languidece y resucita entre las curvas de porcelana de una taza que siempre tiene tonos verdosos o azules empolvados.

Heroína anónima de «Caras y lugares»

Iba a hablar y hablo del poder de los seres sin poder que te regalan una frase y no puedes sacártela de la cabeza. De «Caras y Lugares». De esas caras y lugares que he recorrido esta semana de vértigo que ayer pedía a gritos una siesta salvaje y dilatada.

De mi amiga A. Que perdió una oportunidad que ya acariciaba con la punta de los dedos. “Eres demasiado arrolladora”, le dijeron a modo de explicación y se perdieron su fuerza y tantas ganas, amén de su talento. De mis amigas M. y M., con las que quedé para arrancar un proyecto feliz y terminamos disertando sobre por qué dejamos atrás en el camino a personas que ya no pueden ser y es necesario. (Además, con el postre que no fue recibí un buen consejo robado a Voltaire: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”,  y tomé nota. Gracias, M).

Iba a hablar de una noche en la que me sentí desubicada y vagué con un mojito amargo por los vagones de un tren romántico y añejo, sintiéndome tan sola y principiante sobre mis pasos perdidos. Y tan Yo, sin embargo, y tan reconocido el sentimiento que todo estaba bien en su rareza.

Iba a hablar de otro encuentro en el que me sorprendí discutiendo con  vehemencia con un hombre que fue sobre mi #ProyectoMujer y mi visión de la necesidad de hacer visibles a tantas invisibles que merecerían mucho más. (Por ejemplo, que Indio Hill y yo saliéramos en una furgoneta vintage con una cámara y una mesa de picnic cargada de viandas deliciosas y sencillas para sentarnos todos y describir el mundo así como lo vemos, sin prisa y en sosiego). De cómo sentí que me revolvía con algunas de sus palabras y de por qué salí reafirmada de mi Plan. Y tardé diez minutos en arrancar el coche tratando de indagar eso que me decían las tripas. O para no chocarme con un muro, ciega de determinación y tan frágil de pies como  Agnès Varda.

Las mujeres de los estibadores en su poder real

Iba a hablar de que a veces tengo miedo de que mi propia locomotora me arrolle y se me lleve por delante. De que no voy a claudicar en mis empeños. De que tanto zumbido de motor no me deja dormir algunas noches, y me sorprendo con el peso inquieto de la revolución  debajo de mis ojos. Como dormir al lado de una vieja estación, bajo la luna llena e incendiada, se me ocurre.

Iba a deciros que no soy de nadie ni de nada salvo de mi destino. Que pienso enredarme en todo lo que crea, y espantar de mi lado aquello que me impida caminar, chinas en los zapatos. Que no soy más de lo que soy, pero que lo que puedo ser carece de costuras. Que quiero ser mayor como Agnès Varda y llevar el pelo raro y esos zapatos cómodos que no se han detenido a descansar. Ser remendada.

Que debo quejarme menos y ventilar más mis telarañas al sol o a la tormenta. Que si no gusto a alguien qué le vamos a hacer… Que son tiempos incómodos pero muy necesarios sin embargo. Que cuando los contemple en la distancia serán un trampantojo estilo J.R, desgastado de lluvia y de calores.