Me cuesta leer la diabólica historia de horror de los Turpin. Empiezo y me duele demasiado. Una parte de mí, lo reconozco, quiere saber detalles. La otra se estremece y rechaza casi físicamente la terrible verdad. Dos monstruos con 16 víctimas, sus hijos. Todas las versiones del maltrato más perverso. El de palabra, obra y omisión. Y ese uso de las redes sociales para aparentar que eran una maravillosa familia, con todos los niños vestidos igual, flaquitos, sonrientes y formales.

No me sorprenden, sin embargo, esos likes aprobatorios de manos que nada sospechaban pese a que llevaban años sin poder acceder a la familia. Nadie sabe lo que pasa en una casa salvo sus moradores. Siempre lo pienso. “Eran muy normales” es un comentario habitual de los vecinos cuando llegan las cámaras de televisión después de que el juez haya levantado el cadáver y los buitres sobrevuelen el cielo, saciados de vísceras y horror.

Siempre lo recordaré. Era un vecino, un señor juez y profesor de la universidad. Saludaba muy ceremonioso en el portal si te lo encontrabas. Con un loden verde demasiado largo, enjuto y concentrado en esa mirada de zorro miope bajo unos cristales gruesos. A su mujer, lo fuimos sabiendo los niños a medida que nos hacíamos mayores y escucharemos retazos de conversación fugitiva  de descansillo, la vejaba y le hacía pasar penurias económicas mientras él administraba los muchos pisos de los que era propietario. A sus hijos, encantadores, parece que tres cuartos de lo mismo. Un día la madre «se cayó accidentalmente” mientras limpiaba una ventana y murió al instante, desnucada. Mi madre recibió la llamada cuando regresábamos en tren. Lloraba amargamente. Todos lo sabían. No, no lucía marcas físicas de maltrato, pero tenía una mirada gris oscura y siempre se esforzaba por saludar con alegría. Supongo que un día no pudo fingir más y quiso quitarse de enmedio sin dar demasiados problemas a los suyos. A él casi nadie le estrechó la mano en el funeral.

La Familia Von Trapp de ficción

¿Qué es ser normal? ¿Hay límite a la perversión de la que es capaz el ser humano? ¿Quién protege a los niños, a los ancianos, a las mujeres, a muchos hombres también, de la familia? La familia es el único reducto en el que aún no han entrado los vigilantes. Esos impertinentes fisgones que saben dónde compras, cuánto debes a Hacienda, quiénes son tus ex y en qué gasolinera reportaste. Tus tratamientos médicos, tus bajas laborales, los teléfonos a los que llamas o las webs donde ventilas el insomnio.

Hace unos días los madrileños recibimos una carta del Ayuntamiento con un cartón como el de los hoteles  para colgar en nuestra puerta y avisar a posibles vecinas maltratadas de que éramos sus amigos y podían llamar y pedir ayuda. «Mi puerta está abierta por los Buenos Tratos», rezaba su texto. Me pareció un poco ¿sensacionalista?. Voluntarioso, pero estéril. Si el maltratador/a veía la señal ya sabría a dónde ir en caso de denuncia. Si tus vecinos son una pareja que se grita -no es el caso- tendrían suspicacias contra ti. Lo encontré publicitario de más, casi un gesto de campaña. Tiré la carta y su enseña a la basura, pero me quedé pensativa. ¿Igual estaba equivocada?. ¿No era una manera de entrar en una casa del horror sin incurrir en allanamiento de morada?

Campaña Ayuntamiento de Madrid

La Familia. La institución más poderosa y la más libre. A veces, la más abyecta. Una tapadera perfecta. Una impostura ocasional bendecida por la gracia de dios. Padres y madres con hijos perfectos. Todos vestidos iguales, sonriendo a la cámara porque han sido adiestrados para ello. Educados, obedientes  y rubios como los hijos del capitán Von Trapp. ¿Quién se atrevería a cuestionarla? El derecho a la intimidad o el derecho a la vida. A la salud. Al amor verdadero. La violencia se cuela por las rejillas de las casas y a veces huele, pero te tapas la nariz. No es asunto tuyo que la hija poseída de tu vecina de patio la grite y la insulte con una crueldad insoportable. No es asunto tuyo que una mujer triste te hable con los ojos y no pase de ahí porque no puede. Pero sí lo es opinar en las redes de cualquier cosa, desprestigiar con un clic. Machacar a cualquiera con 180 caracteres y un dedo. Algo a mí no me cuadra. Esta desproporción. Tanto desatino.