Querida Big-Bang:

Mira que me juré no volver a Nina Simone hasta hacerme la manicura exprés, pero no he podido resistirme. Con quince regalos por envolver y la contractura en pie de guerra necesitaba meterme una dosis de jazzsoulblues rasgada, jadeante y arenosa. Esa mujer debió dejar exhaustos a sus amantes, me digo con el camión de Rayo Mc Queen en una mano -«incluye apisonadora y tres pistas. Necesita montaje»- y el cello en la otra.

A mí en este trance siempre me sobra papel o me falta cinta adhesiva. Las tijeras tienen vida propia y sólo Nina aplaca mi ansiedad. Su voz es ginebra seca sin hielo, en vaso ancho. Y nicotina. ¿Quién me manda no fumar?. Anoto en mi libreta de los deseos: «Comprar tabaco».

El kit de pelis de K.Hepburn es el viejo truco de madre jeta que regala lo que le gusta a ella. Cuando mi adolescente abra el paquete, de un cursilíneo tono lila, le diré: «Hepburn es la Hanna Montana de ayer, intelectualizada y pasada por Casablanca, chitina». Y a correr.

Si el año no lo remedia acabará pasado mañana, y la bruja me augura un porvenir de aguas procelosas. «Éxtasis y tormento». Sea. Le pregunto a mi querida D. qué pide a 2010. Responde ipso facto por escrito:»al hombre de tu vida». Con amigas así, un buen peeling corporal al caviar de La Praerie y «My Way» by Nina a todo volumen, el cielo puede esperar.

Los finales me alteran, cierto. Me cuesta más rematar que arrancar, sean bordados, novelas, años bisiestos o amores. De ahí mi gusto por los cadáveres exquisitos, siempre que yo no sea el postre. Aguerrida, la que más. Metepatas, of course. Pero la cautela es de los cobardes y si algo me ha quedado pienso quemarla en la pira de 2009. De paso quemaré los tiempos muertos, las zapatillas de andar por casa y el kit de gimnasia pasiva. ¡Alea jacta est!

(Los paquetes, en círculo, me rodean. Akelarre doméstico. Diógenes navideño. Parece que los hubiera envuelto el increíble Hulk en pleno proceso de transformación. Anoto en mi libreta: contratar empaquetador guapo y dispuesto»)