Mi querida Big-Bang;

Ser moderno se está poniendo muy difícil. No basta con llevar un color de pelo radical, una gafapasta y un look vintage caro carísimo. Tampoco con menospreciar ARCO como cueva de tendencias o asegurar en público que la recopilación de éxitos de Camilo Sesto es lo más. Ser moderno es un estado límbico entre la posmodernidad y el nuevo dadaísmo. Es decir, que para serlo has de acuñar frases vacías pero altisonantes como la que acabo de soltar, sacudir la melena (si puedes, no es el caso) y salir a las pistas a bailar como un zombie, con desgana y ligeros e imperceptibles movimientos de cadera.

«¿Quieres ser liberal? Ten entendido…con las mujeres serás muy atrevido…», decía un versillo de los tiempos en que alguien se molestaba en poner por escrito el modo de empleo de la modernidad. Ahora no. Hay que salir a la calle, pasar frío y observar a las tribus a la salida de un cine de arte y engaño o de los bares que antes fueron puticlubs de Triball. Ese barrio de modernos con pedigrí donde las putas de toda la vida han quedado relegadas a un segundo y triste plano, y miran recelosas a esas lánguidas vestidas de negro que salen de concierto de lunes a miércoles, porque hacerlo los jueves vuelve a ser «de chachas» (y ahí me duele) y los fines de semana son para los que aún no se han enterado de que el jersey de pico de su abuelo es un must.

Yo a estas alturas ya he asumido que no seré jamás moderna. Se me pasó la Movida por pequeña, nunca les perdonaré a mis padres haber nacido diez años antes o diez años después, porque estaría en la pomadilla. En lugar de eso me toca soportar a una adolescente furiosa que me recuerda cada noche que soy una lerda por no conocer sus grupos musicales, y me fulmina cada mañana por pretender que lleve bufanda a bajo cero. No señor, las modernas con acné van a cuello limpio, se suben dos vueltas la cinturilla del uniforme y se pintan la raya del ojo en el ascensor. Eso sí, no saben quién fue Rembrandt y ponen cara de dolorosas cuando las arrastras al Thyssen a cambio de un aperitivo «con refresco y patatas de bolsa» (así lo subrayan) a la salida.

Pero que nadie piense que voy a quedarme humillada en mi purgatorio generacional. Si hay que ser moderna, lo seré hasta el paroxismo. Tengo en casa todos los elementos para mi disfraz, porque de eso parece tratarse: plataformas de diferentes hechuras, una pellica de visón de mi abuela a la que pienso recortar los lomos, un pantalón cagón negro con apresto y una camiseta con agujerillos en lugares estratégicos y toques de strass. Además de la colección entera de relatos de cierto autor sueco de nombre impronunciable, la discografía entera de Mina y mi MacBook Air, gentileza de J., ese hombre ultramoderno que ha decidido entregar su vida a reciclar mi fondo de armario neuronal. Y si hay que gritar en público que donde esté Raphael que se quite La Bien Querida, sea. Por lo que no paso es por bailar como si me hubiera metido un pico de heroína ni por cultivar el escepticismo como tapadera de mi ignorancia. Moderna, bien. Lánguida y sangrehorchata, ni muerta.