“Los miembros de mi familia me han estado animando a contar ficciones para que no cometa el error de dedicarme a la realidad” (Ricardo Silva Romero. “Historia oficial del amor” Alfaguara).

En realidad, toda familia encierra una ficción, admirado Ricardo. En abundantes ocasiones se apuntala en ella y pobre del que se atreva a romper el embrujo del engaño porque se arriesga a desaparecerse de la foto, como antaño se hacía en los retratos de boda de los pueblos cuando una pareja osaba separarse.

Me consta que soy un fantasma sonriente en algunos marcos de foto de alpaca o plata (horribles todos). Un vacío que sólo en estas fechas quizás alguien recuerde cuando pase la gamuza para el polvo. Dos de mis hermanos, también. De ahí que los que andamos libres de familia política local subamos a la montaña ya que Mahoma -alias mi padre- dejó de bajar a la meseta tiempo ha. Las familias, esos entes frágiles cargados de ficción para mantenerse en pie, gustan de limpiar el polvo del olvido el mismo día que engullen el primer polvorón. Ese dulce democrático y ordinariote que se cuela por el hueco de las muelas como yeso o pegamento de contacto. Comer un polvorón y contar hasta diez sin escupir es una prueba tonta, convendréis conmigo. Pero la simpleza nos hará libres, y la familia que no caiga en esa tropelía que tire la primera piedra.
Ayer, por ejemplo, mi hermano I. se cayó por la escalera de casa de mi padre. La rodilla eligió un camino, la cadera otro. Y el pobre se retorcía de dolor con esa discreción suya de no alterar a nadie sin necesidad, pero era tarde. Papá ya vociferaba que hay que ver, que él a sus ochenta no se ha resbalado jamás, que qué demonios habría hecho mi hermano. Y entonces yo bajé a contemplar la escena y me caí en el mismo peldaño, pero con dignidad (o sea sentada), y nos dio la risa floja. “Papá, tenemos que comprar un felpudo enorme para evitar que un día te resbales”, propuse. Y mi cuñada, que no, que unas tiras andideslizantes como las del baño. Y yo imaginaba el efecto tiras en el vestíbulo de una casa de pueblo de no sé cuántos siglos y me parecía de un kishch irreparable. Pero esos peldaños irregulares, hechos a tortas, asesinos en potencia, nos han lanzado un aviso, vive dios. Y mi padre se disculpa por la trampa de la historia. Y se empeña en nuestra torpeza. Que él a sus ochenta, oye, ni un ligero titubeo al dar el paso.

Mi padre, no os lo he dicho, es un señor muy firme en el paso y un fan total de Amazon. No descartamos que en los almacenes de ese monstruo que paga pocos impuestos -según noticia del periódico de hoy- esté su foto enmarcada presidiendo alguno de los lineales. Ayer, así como a lo tonto, me preguntó si me solía doler la espalda al despertar. Y no había yo empezado a balbucear una respuesta cuando cayó en mis manos un paquete que encerraba una almohada para mis rodillas. Fabulosa. A continuación a mi hermano A. Le dio una chaqueta polar de una talla gigantesca que también había encargado a su majestad Jeff Bezzos. “Gracias, papá, pero justo me acabo de comprar una de mi talla”, declinó amablemente A. Y papá no alteró el gesto: “Pues para J. (tercer hermano en ciernes). Sin envoltorio ni nada, que así parece menos regalo, más gesto casual. Como a él le gusta.

Porque si por el alimento de ficción de mi familia no se oculta el Sol, en el «casual territory» somos los reyes del mambo. A estas alturas de la película no sabemos qué cenaremos en Nochebuena, y tampoco es algo que nos importe demasiado. Lo que seguro no falta es la mayonesa vertical de mi padre, que ayer ya ensayó y recibimos como delicioso maná acompañando al pescado. Todo súper light. Igual que la fabada con la que nos recibió a mediodía. Porque él, que nació el mismo año que terminó la Guerra Civil, es como era mi abuela: no entiende la alimentación sin grasa, a ser posible saturada. Y es un milagro que sus arterias hayan resistido a tantos embates verticales (dado que la sopa vertical también es un prodigio de sus manos, por si no lo sabíais).

Todas las familias casual se parecen, diría emulando a Tolstoi, pero no tantas cenan en Nochevieja en una mesa de pin-pong como la mía. Ni regalan sin mirar talla o fecha. Ni se caen juntas por las escaleras con cinco minutos de decalaje. Ni se las arreglan tan bien en el caos, ni se ríen cuando los desaparecen de las fotos. Ni se quedan tan pichis sin saber qué cenarán en la noche más tradicional y encorsetada del año. Porque nuestra tradición es hacer cortes de manga a las tradiciones. Y así, el año en el que me caí de la foto, cogí a mi madre y a mi tía el día de Navidad y nos echamos a la calle a ver si nos daban de comer unas tapas en algún bar. Pero entonces los bares no abrían ese santo día y recuerdo que acabamos en un hotel de barrio tomando un sandwich mixto con cerveza en la cafetería de las almas perdidas que habitan los hoteles esos días. Y fue tan excepcional y divertido que inauguró un ritual al que se suman todos los hermanos y parientes que un día se cayeron de las fotos. Y ese pequeño drama se ha convertido en una fiesta. Y si lo pienso bien eso somos nosotros. Una familia descoordinada que busca siempre la alegría dentro del drama. El chascarrillo frente a la solemnidad. Y si esto es una ficción para espantar la realidad, bendita sea!