Mi querida Big-Bang;
Mentir es un arte que requiere talento,práctica y experimentación. La enfermera del amor quiso darle una sorpresa a su marido y le sacó un billete para Venecia. Debía de asegurarse de que el viernes a las cuatro él entraba en casa, donde le esperaría con las maletas preparadas. Así que, como la estratega pelirroja que es, el lunes por la noche le anunció con seriedad: «Estate pronto el viernes, que tengo que ir al tanatorio. Se ha muerto el padre de una amiga de traumatología». Por suerte el hombre no cayó en que morir con preaviso es raro, pero dejar a un muerto pudrirse cuatro días en un tanatorio lo es aún más,al precio que gastan las cámaras frigoríficas.
Me confieso fan de las trolas bien elaboradas, aunque no me gusten. Es el mismo sentimiento que me provocan los castillets, ese absurdo montón de hombres subidos unos sobre otros hasta convertirse en una Torre Eiffel de piernas, brazos y caras de esfuerzo. Suelo decir la frase:»Tú a veces me mientes, pero no me engañas», y los hombres se quedan muertos, descolocados. La falsedad es tan útil para la convivencia que debería ser una especie protegida, como el oso panda o el lince ibérico. En su lugar, la Iglesia se ha puesto a perseguir a troche y moche a los troleros mientras con la otra mano elaboraba simulaciones hipócritas de la virtud que requieren anchas tragaderas. Pero la hostia, con perdón, también lo es, y sin embargo se hacen colas para llegar a ella cada misa del domingo.
Luego están las mentiras de los políticos. Un capítulo aparte porque resultan obscenas y ofenden a la inteligencia del pueblo. Hasta que el pueblo, en un ataque de lucidez, se subleva. Y entonces Túnez, y entonces Egipto copan las portadas de los telediarios y nos cambian los clichés con su coraje, mientras los mentirosos abandonan el país por la puerta de atrás. Aquí, como somos demócratas, preferimos protestar en las tertulias o frente a la máquina del café. LLegas, te desahogas y vuelves a casa con la hiel menos densa y el maquillaje corrido.
A estas alturas de la vida sólo aspiro a fingir que acato las mentiras como quien finge un orgasmo para terminar rapidito. La verdad, tan sobrevalorada, ha terminado desatando situaciones incómodas. Ya es hora de que alguien señale que cuando aquel decía que «los caminos del Señor son inexcrutables» en realidad estaba arremetiendo contra la transparencia, la línea recta, lo incontestable. Ya es hora de mentir. sí. Pero sin engañar.