L., amiga Impar

«Una mujer, por decirlo así, salida de la nada no tiene por qué ser siempre una catástrofe (…)». Thomas Bernhard. «Hormigón. Extinción». (Alfaguara)

Amontono palabras  sobre la Soledad, esa dama furiosa y exigente cobradora del frac que va en pelotas. Hablo con seres impares, como yo, que a ratos coquetean con la fantasía dual de todo el mundo y se aburren cual muertos con los duetos de charanga de pueblo resabiada. Toneladas de tedio y turbulencia. Rendición y condena cotidiana disfrazada de meta social que huele a espejismo de postal con palmeras y te calma la sed por el momento. Con agua de mar, algunas veces. El vómito seguro en arcadas concéntricas como anillos de boda. (DosPiErre, decían en el cole).
Conversaciones circulares que empiezan y terminan en ese hambre canina de silencio acompañado. “Tú nunca vas a estar sola como yo, tienes a tus hijas incluso cuando se vayan de casa y sean devoradas por sus vidas”, me espeta P., esa amiga tan sabia, tras relatarme cómo a ratos toca hueso con su yo Impar más desabrido y se inventa los días, las horas, los minutos a la hora de la siesta, las tardes de domingo, los lunes y los martes, folio en blanco. Cuando otros lo tienen incrustado en la agenda con un fórceps de acero inoxidable: comida familiar, cine en pareja, deberes con los niños, bagatelas indoor…
Nadie sabe lo que pasa por la mente de un Impar cuando se enfrenta a su abismo buceando a pulmón, aguas arriba, el oxígeno justo, las fuerzas que flaquean. Deporte tan voraz como adictivo, sin embargo. Adrenalina pura, bilis verde, tiritona febril pero excitante.
«Impar y abismo». «Impar y desenfreno» (eso escucho al crupier que me habla al oído). Y corro a ese armario en pie de guerra que reclama su orden sin que nada ni nadie empuje los vaqueros de todas las formas y leyendas que terminan en fit, las camisas iguales, masculinas, de tejidos amables con una piel propensa a la urticaria y al prurito, llena de erres. Las prendas deportivas de algodón relavado que no conocen gimnasio ni sudor, ni falta que les hace.
Los dúos meten ruido, tú dirás. Más parecen a veces quintetos de músicos borrachos en perpetuo after hours que graznan a la Luna que se fue bostezando. El eco del silencio es venenoso y seductor, a ratos inquietante. Resuena la nada y el Impar escucha una corneta. Se levanta de golpe del sofá, mueve tres libros de sitio, pasa la gamuza al polvo del salón, le rasca la barriga a su mascota…Desazón y victoria, el sol que ya se asoma, impertinente. Cual clarín en  plaza vacía sin grada y sin albero. Apremio bermellón. El vaso deja cerco de dos días sin haberlo recogido de la mesa.
Es septiembre, verás, te miente el almanaque. Mis amigos impares se lamen las heridas y miran al espejo sin pudor, haciéndose preguntas circulares. Ninguna elección fue nunca la mejor, la más perfecta. Todas se adornan con la literatura falaz y fantasiosa que proceda (lo que es sobrevivir). Y les dirán raritos, egoístas, desapegados de todo compromiso. Intolerantes, exigentes, descastados o amorfos. Aventureros, valientes, renegados. Habitantes nocturnos de supermercado 24h con luces mortecinas y pasillos infinitos de peli de terror. Su épica es enclenque, tenlo ya por seguro. Pero la tuya de dos con el carrito y la lista de la compra -sábado de mañana- es un relato frágil petado de anestesia del que despertarás un día de estos, y pisarás sin suelo.
«Afortunada tú, que sales del trabajo y te coges el coche y corres a bañarte a las Presillas, y lees en la orilla y te embriaga el chapoteo mental de ser tan libre». Y ese esfuerzo titánico de volver a casa, querida P., y que ni las paredes te pregunten cómo te fue la tarde. ¿Estaba rica el agua? ¿Había peces? ¿Qué escribiste en el margen de tu libro? ¿Tenías frío?
Pues yo te lo pregunto en la distancia. Los Impares se tocan sin rozarse. Y miran de reojo a los demás, y no piden permiso para nada.