Es un hombre en sus cuarenta y algunos, divertido, inteligente, que sale a una fiesta invitado por una compañera de trabajo. Subordinada suya, me temo. Divorciado, estatura media, deportista y padre de tres hijos. Profesional de éxito. 

Mi amigo J. -ese hombre- llega al lugar y enfoca su radar hacia una desconocida mujer, «un pibón», amiga de la anfitriona, y se acerca a ella con su entrenado savoir faire. Unas horas después la chica le dice: «¿No vas a invitarme a tu casa?».

Diréis que esta es una historia de cortejo vulgaris. Tened paciencia, que ya llega.

La pareja, la hemos dejado a la puerta de la fiesta, se sube a la moto de él -la clásica moto de profesional de éxito o de divorcido caprichoso- y se dirige al piso de divorciado sin cargas. Cuero negro en los sillones, muebles de estilo moderno ma non troppo. El mueble bar bien surtido. La nevera ordenada y con pocas cosas, todas delicatessen. Toman una copa y enseguida se centran en el asunto que los ocupa.

-Y entonces va la tía y me dice que si tengo cacharritos. ¿Cacharritos? pregunto yo. Y ella: Sí, vibradores, esposas… ya sabes.

Al pobre J. se le atraganta la libido. Bregado en las amantes de una noche, es la primera vez que una le pilla tan fuera de juego. Tiene que decir que no a la decepcionada tigresa, que hace un mohín de fastidio para pasar a otra propuesta, casi orden, una vez recuperada la pasión, con cierto esfuerzo por parte de mi amigo, que se ha quedado colgado con lo de los juguetes.

-Quiero que me digas cosas sucias.

Hasta ahí hemos llegado. J. ha salido de su cuerpo y se siente absolutamente ridículo delante de una desconocida que le reclama que desempolve su lenguaje más soez. Un reto más difícil que si le pidiera recitar a Shakespeare entre jadeo y jadeo.

-La situación era altamente violenta, me quería evaporar, echarla de mi cama…Ahora me río, ¡pero no sabes qué mal rato pasé!.

Le digo, cuando puedo sofocar mis carcajadas, que yo le hubiera ofrecido la Barbie de su hija como juguete y luego la hubiera invitado a irse al Exín Castillos a decir guarradas desde el torreón. Comentamos que en el sexo ciertas cosas requieren cierta confianza. «Pero claro, ya sabes que yo soy de colegio de monjas…». Me confiesa que para disfrutar de verdad  con alguien necesita un mínimo de cuatro o cinco veces. Entender que lo que a uno le parece el abc para otro puede ser sánscrito. Asiento y damos cada uno un trago a nuestras copas. A mí se me escapa otra vez la risa.

Mientras mi amigo y yo nos despedimos, decido hacer un estudio entre mis coetáneos sobre sus primeras veces con cada persona con la que se hayan ido a la cama. Ayer mismo tenía ya algunas respuestas, que reproduzco por su interés general:

Torremolinos 73

-A mí me dio la risa porque el tío se empeñaba en acariciarme cerca de la ingle, con una determinación tal que me hacía cosquillas.

-Ella se enfadó porque al terminar me levanté y me vestí. Estaba cansado y quería irme a mi casa, a mi cama. No me sale ser muy cariñoso con alguien a quien apenas conozco.

-Fue adorable, tierno y entregado. No pidio nada y se dedicó a recorrerme de arriba abajo.

-Tenía las uñas llenas de padrastros y cuando me tocaba la po–a (con perdón) me hacía polvo. Aguanté como un hombre pero fue una tortura.

-Lo siento, por detrás no me gusta. Se lo dejé claro, pero siguió. Le invité a largarse y me llamó estrecha, el muy imbécil.

-Nos dio la risa porque a él no le funcionó bien el asunto. Pero no sé por qué no importó. Nos pasamos la noche contando historias. ¿Orgasmo? No, de eso no hubo. Igual uno pequeñito…


-¿Qué talla de condones has comprado?, me preguntó él. ¿Cómo que qué talla?¿hay tallas?

Lo dejo aquí y os invito a colaborar, aunque sea de manera anónima. Ya va siendo hora de que alguien haga un informe Kinsey contemporáneo y sincero sobre la vida sexual de los cuarentones. Y ese alguien seré yo. Nada me excita más que tener una misión.