Menú navideñoMadrugar en vacaciones es un acto de heroica rebeldía. Comer el día de Navidad una bolsa de Doritos y una Coca Cola en una gasolinera sita en el Km 277 de la N-2 con tu hermano mediano, tu perro fiel y tu padre inquieto mientras un vigilante rumano patrulla por los alrededores en un coche con sirena puede ser una excentricidad a lo Tarantino o un gesto de pura necesidad. Porque en mi familia, ya lo habréis notado, nos gusta acuñar titulares para sobrevivir al tedio y sus esclavitudes.

Otra consideración: Las urgencias de hospital el día de Navidad no sólo las habitan borrachos y personal sanitario renegado de esa lotería que se llama estar de guardia en festivo de primer grado. También padres con hijos tras cinco horas de viaje en la que el progenitor alternaba el miedo al sístole y al diástole con el pánico a la conductora ocasional: “¿Se puede saber por qué llevas en volante con una mano, hija, que es una chulería peligrosa?”. O “¿Por qué pisas el freno mientras adelantas?”. O “vas a 140 km/h!!!”. Y ella, a la primera: “Porque así aligero el peso de conducir, eso que se me da regular y me cansa horrores”. Y a la segunda: “Porque me da pánico adelantar autobuses y camiones, papá”. Y a la tercera: “¿En seriooooo?”.

Sí, ya os conté la burla que le hacemos en casa a las tradiciones, pero conste que lo de los Doritos navideños no ha sido una performance para probar la mayor. Sólo un ligero cambio de guion que me ha traído de nuevo a mi padre a casa por prescripción facultativa. Y ahora que gracias a ¿dios? todo está bajo control, él anda descubriendo mis taras domésticas cual perro de presa: La goma del horno que se rompió y achicharra los armarios, los rugidos de la nevera y su cojera de una pata, el cerrojo que según él me han puesto corto. Y así…

Para compensar que Nochebuena y Navidad se los pasó en sendos hospitales distanciados 500 kilómetros, ayer le hice una paella de campeonato. Vamos, de esas mías que mi amigo J. dice que no son tales porque se salen del canon levantino y a mí me trae al pairo. Luego le pillé hablando por teléfono con los de su pueblo de montaña sin parar de glosar las excelencias del hospital local y de la doctora de dos metros de estatura versus la sala de espera capitalina donde al de al lado le sacaban sangre tan cerca que podía salpicarte, para horror de mi hermano I., que lo acompañaba. Y ya entrado en harina, a la que te despistas saca a relucir la Eparina, el Sintrón, las jeringas o los informe médicos “que han llegado a idénticas conclusiones, pero el de la montaña está mejor escrito”. Y pareciera que se va a presentar a unas oposiciones de terminología diagnóstica, de tantas veces como se los ha leído.

Eso sí, ayer se relamía con las porras del desayuno, porque -según él- nadie le ha dicho que tenga que hacer dieta, y hoy la que conduce con una mano y frena en los adelantamientos se enfrentará a otra receta de cuchara para seguir compensando los estragos de los Doritos. Y con todo el drama mi hermana se ha venido a Madrid y mi hermano pequeño se ha quedado sin esquiar con su familia, pero viéndonos ayer nadie diría que la contrariedad se ha instalado en nuestras vidas. Más parece un ejercicio de «business as usual», que dirían mis queridos colegas de multinacional.

Sólo falta que lleguen las Chukis para que la dicha sea completa. Y decirles a los Reyes Magos que muchas gracias pero que estamos sobrados de sorpresas, así que este año nos conformamos con poder abrir los regalos cantando el ya clásico hit donde cambiamos el género a las palabras, y antes volver a saborear las migas del pastor cocinadas al aire libre en un caldero inmenso mientras nos pimplamos con alegría. Y, si no es mucho pedir, que me traigan de una vez el chófer cariñoso y leído que llevo varios años incluyendo en mi carta pero que no está de dios. Porque me temo que a estas alturas ya no voy a cambiar la costumbre de adelantar frenando, ni la de saltarme la regla sagrada de los 120 km/h por puro pánico a que el corazón de mi padre se salga con la suya en algún punto de la autovía más despoblada del planeta. Y sí, ya tengo el arranque de un relato: “La Navidad de 2019 comimos Doritos y Coca Cola en una gasolinera de la N-2”. Y hay que ver lo que hacen algunas para escribir una historia original en las vacaciones más llenas de tópicos del año.