«La forma del agua», de Guillermo del Toro

Fui a ver ayer «La forma del agua», de Guillermo del Toro, y me invadió una extraña tristeza.

En realidad no tenía esa película en mi wish-list. No profeso demasiado el cine fantástico y las fábulas las prefiero con enigma.  Historias que reverberen y me obliguen a desgranarlas mucho después de que el fundido en negro se apodere de los créditos en la pantalla. Pelis con bonus extra y zonas de exquisita ambigüedad gris.

Prefiero la realidad casi cruda, como la pasta o la verdura. Realidad al dente.

Y sin embargo ayer me convertí es la espectadora que debí ser hace muchos años. Una niña fascinada con un relato de perdedores que ya de entrada son héroes. Dos mujeres de la limpieza, una de ellas muda. Un diseñador homosexual fracasado con peluquín («es bisoñé, en francés», aclara). Un jefe sádico obsesionado con no ser un looser que se lava las manos antes de hacer pis, pero no después, y que prefiere mujeres mudas para el coito. Un espía ruso disfrazado de científico con buenos sentimientos. Y un ser anfibio y mostruoso que terminas viéndolo desde la mirada de la mujer muda y que me recordaba todo el rato a Brontë, mi perro, quizás porque de las bestias puede brotar una ternura infinita que a veces supera el amor convencional que nos hemos empeñado en diseñar los inhumanos.

 

«La forma del agua», Oscar 2018

Me gusta ir a ver las películas que resuenen cuando ya no se habla de ellas y el cine invoca a cuatro o cinco incautos. Una sala con eco, yo sola en la butaca y con nostalgia de brazo cálido, de repente. La historia de la maldad y la bondad, del amor y el desamor, es tan real que esto no puede llamarse cine fantástico, sino cuento con trazas de cómic y un fondo de denuncia sin agresividad. Como esas tartas de lima verde dramático que el diseñador colecciona en la nevera.

«Estoy solo, no tengo a nadie. Dime lo que debo hacer». Y esa frase lo cambia todo en la historia. Y me parece que podría cambiarlo todo en muchas historias reales.