Mi querida Big-Bang:

Hay conversaciones «de taxista» (políticochusqueras, por lo general) y taxistas con sorpresa. El otro día cogí un taxi que no llevaba sintonizado a don César Vidal, como es de rigor, sino un programa de ciencia ficción sobre los intramundos que se ocultan en los polos. Al parecer, se cree que la NASA ha ocultado la evidencia de vidas dentro de la corteza de la tierra. Como el tipo que lo relataba no era Iker Jiménez, que suele estar sobreactuado, le presté cierta atención, hasta que de repente el taxista gritó: «¡qué alucine, si esto lo he soñado yo el otro día, se lo juro. Soñé con intramundos habitados por hormigas!».

-«Ah, sí, curioso…»(es lo que te sale cuando crees que una vez más te has subido al taxi de un pirado sin medicar)

-«Se lo juro. Y sé que era mi sueño, no el de otro, porque yo tengo mi propia teoría sobre la utilidad potencial de las hormigas».

O le preguntaba en ese momento por su teoría o el tipo me la iba a contar de todos modos, así que procedí, para dar gusto al hombre.

-«Veras, las hormigas tienen sólo cuatro neuronas, de manera que si las programamos para que anden en línea recta podrían construirse los túneles gratis. Sólo habría que ejecutar las obras con tiempo, claro, porque son bichos lentos, aunque nobles. Fijo que han sido ellas las que han penetrado en el inframundo de los polos».

-«Fijo», respondí, porque es sabido que a los taxistas hay que darles siempre la razón, o te llevan a un descampado (leyenda urbana de los tiempos del colegio de monjas, donde aún había descampados y tipos con malas intenciones y gabardina).

Me faltó el pelo de un calvo para preguntarle por uno de mis grandes temazos: el chupacabras. Un ser diabólico que te saca la sangre después de hipnotizarte, y que ha sido visto en tierras colombianas. Lo paranormal mola mucho más que la política, o puede que la política forme parte ya de los sucesos paranormales. De ahí que el mundo del taxi, moderno y actual, haya decidido explorar otras vías.

Tengo que reconocer que me dio pena llegar a casa, y al tipo también. Se sentía la mar de comprendido y notó que estaba ante su minuto de oro para explayarse. Yo, que me apunto a todas las obsesiones circundantes, llevo toda la noche soñando con intramundos y con hormigas que desfilan por enormes pasarelas al ritmo de Rihanna, mientras los chupacabras las observan desde las butacas, dispuestos a desangrarlas en cuanto hayan rematado el túnel de Gallardón correspondiente. Una pesadilla.