Mi querida Big-Bang;

Ayer mi padre me llamó desde el pueblo de la montaña donde se autoexilia: «Te estoy viendo en la tele, hija». Y nada más. El hombre no aclaró si le parecía que yo estaba haciendo un papelón como para enorgullecer a la familia o, por el contrario, se le antojaba que una mamarracha con su apellido devaluaba el pedigrí entre sus amigos cazadores. «Mira, ahora vuelves a salir», retransmitía en directo. Y después, a la del bar: «Ponme una cerveza, guapa». Y después, a mí. «Hala, te dejo, que me han traído una de bravas».
A los hombres les suele molar chulearse entre sus iguales. Pero hay categorías. Un hombre que farda de madre es un peligro para toda mujer, por razones edípicas. Si farda de hija, lo mismo es demasiado mayor, y si lo hace de su mujer, es que no desea coquetear. O justamente lo contrario. El lenguaje silencioso de la aproximación tiene sus reglas no escritas pero valiosísimas a la hora de no estrellarse en el cortejo.
Luego están los hombres que tienen una mujer como el que tiene un I-Phone último modelo. Para conseguir que su valor personal se multiplique, como si fuera posible una transferencia. Eso no quiere decir, por lo general, que amen más a su pareja, sino que se aman tanto a sí mismos que han comprado una rubia para darse valor añadido. Una rubia con IVA, para entendernos. Y ya que la tienen, la amortizan en los salones, arrastrándola del brazo o de la cintura en señal de posesión.
Recuerdo en los noventa a esos señores de nombre «Los Albertos» que iban con gabardinas Burberry mal encajadas en los hombros. Uno de ellos estaba casado con cierta maciza a la que una vez Interviú sorprendió sin las bragas. Era rubia y delgada, y a mí me llamaba la atención la forma en que su marido la arrastraba por los salones: cogida por el brazo, justo encima del codo, como deben arrastrarse los cuernos de un alce tras una dura jornada de cacería,dejando tras de sí un reguero de sangre.
Ahí juré que jamás dejaría que un hombre me llevara del codo. Ni que un desconocido se apropiara de mi cintura. Tampoco que un infiel intentara llevarme al huerto relatándome la oscura historia de su vida matrimonial. Una vulgaridad. Si he de ser un trofeo de caza, prefiero serlo para mi padre, que seguramente ayer disfrutó como un enano mostrando a sus amigos que sus desvelos en nuestra educación han servido para algo más que para tener una cajera en el Corte Inglés o una secretaria en el tanatorio, los dos destinos que nos deparaba la vida, según él, cuando llegábamos con un suspenso en matemáticas.
De manera, papá, que espero te hayas chuleado a conciencia a mi costa. Siento no tener a mano unos cuernos para que los cuelgues en la entrada de tu casa, junto a los dientes de jabalí y la foto de la abuela. Hay batidas en la vida que dejan rastros invisibles. Sin sangre. Inolvidables trofeos que no necesitan que los limpies el polvo cada viernes, cada lunes…