TEXTO DE GARCÍA MÁRQUEZ

Me pregunto cuánto hace que están
listos los obituarios de García Márquez (Gabo para casi todos, debían ser íntimos). Y por qué son tan
coincidentes. Si la muerte de un grande nos deja frente a un espectáculo tan
unívoco que no admite más perspectiva que la del reconocimiento
universal, la fanfarria y un cierto tufillo cursi y pelín impostado
sobre cómo cambió nuestra vida “Cien años de Soledad”.

A mí “Cien años de Soledad” no me
cambió la vida y pido perdón a los puristas. Formaba parte de esas
lecturas obligatorias que sólo te deslumbran cuando un día, tiempo después y poralguna fuerza misteriosa del destino, abres la primera páginadistraídamente, y luego la segunda y así hasta enamorarte deAureliano Buendía.
A riesgo de irritar a los grandes macondistas , sí recuerdo por ejemplo mi turbación conLa sombra del ciprés es alargada, de Delibes. Quizás porquecuando cayó en mis manos era el momento crucial de una adolescencia
en llamas que buscaba el eco a tanta desazón entre los libros. Y elhielo de Macondo estaba frío y no parecía ofrecer demasiadasrespuestas.
Así que ahora que ya parezco unadetractora del colombiano, diré que hoy no leería al primer Delibes, pero sí “El Coronel no tiene quien le escriba”. Uno va acompasandolas lecturas a su ciclo vital, me parece. Y eso ejerce una fuerza
transformadora que hace que cuando se te acaba un libro experimentesuna suerte de orfandad y mires al siguiente con recelo.
Hay una cadena invisible de lecturas que se parece a la de los cuadros en unaexposición. A veces uno compite tanto con el de al lado que lo anulay lo condena al pelotón del olvido. Los grandes museos, que trabajancon prediseños en sus exposiciones permanentes, saben lo que es laimpotencia de no poder mover un lienzo fagocitado por su vecino de la
izquierda. La energía de las pinceladas, la torsión de un cuerpo salvaje, el inquietante velo de los ojos de una virgen… y así.
Que te quieran cuando has muerto tienemucho de irónico, pero es una fatalidad natural. A García Márquez
lo convirtieron en mito en vida, y puede que así lo mataran entretodos
. Si eres un símbolo, un prócer del baile mágico con laspalabras, un maestro del periodismo, una voz de esas que cuando
hablan desencadenan el silencio universal, date por muerto. Las
plumas de muchos prepararán los panegíricos funestos mucho antes de
que se te olvide respirar. Y es posible que sabiéndote cadáver
renuncies a toda actividad creativa y te tientes el cuerpo cada noche
para comprobar que aún hay latido.

Me pregunto si García Márquez -jamás
lo llamaría Gabo, esas familiaridades hay que dejárselas a los
allegados y pretenders- llegó a detestar Macondo y el macondismo
. Si
la criatura devino en monstruo voraz. Si le pasó como a esos
artistas que tratan de avanzar pero en los conciertos les piden
siempre los mismos temas: “¡¡¡Like a Rolling Stone, Like a
Rolling Stone!!!”. Sospecho que muchos de los que estos días han
colgado en sus muros estremecedoras reseñas de su arrebatada pasión
por el autor en realidad hace tiempo que lo abandonaron a su suerte.
O puede que sea yo, que con el cuerpo
de vacaciones y esta desidia diletante de descifrar la identidad de
los árboles como principal tarea, haya matado al escritor como en su «Crónica de una muerte anunciada”, y ayer, al
encontrarme esa letanía de obituarios enlatados, dolientes  y pomposos
experimentara extrañamiento y esa incomodidad de no formar parte del
grupo dominante.
Y quizás deba hacérmelo mirar. Y
disculparme a los dioses del Olimpo literario que deben estar
haciendo los honores a su nuevo miembro, que afila la pluma para un
discurso inédito de ingreso que no podrán glosar los panegiristas
vocacionales. Esos que viven su momentazo a costa de la muerte y de la gloria ajena.