Estos días concentran la mayor cantidad de frases hechas del año. Es como si, a punto de rematarlo, nos viéramos en la obligación de regalar deseos preempaquetados de felicidad. Mis amigos, que son poco convencionales, me han regalado algunas sentencias que debería escribir para no olvidar y en las que pensaré con cada campanada hasta que muera 2012 de aquí a un suspiro.

M.J, ex vecina a la que echo de menos cada día desde que cerró la puerta de al lado para siempre,  leyó el otro día mi comentario malévolo sobre Melendi y los hombres con iniciales bordadas en las camisas, y me reconvino por teléfono con un «tienes demasiados prejuicios» cargado de cariño. Lo admití, aunque traté de defenderme alegando que en realidad lo que tengo son juicios. Pero reconozco que a veces entre unos y otros hay una delgada línea roja. (Luego Melendi fue portada de varias revistas del corazón, por cierto, así que debo estar equivocada según los patrones rosas. Anoto consultar a A., mi director del Cuore favorito)

D., ese hada madrina, volvió a grabarme -esta vez con su voz- el mantra que siempre me repite, a ver si por fin le hago caso: «Tienes que escribir, tengo que ir a una presentación de tu libro. Lo he soñado».

Mi hermano A. me hizo ver la otra noche que nuestros padres no cambian, que no van a cambiar y que es infantil pretenderlo. Íbamos los dos del brazo, caminando por la calle antes de la primera gran cena del grand prix de la navidad cuando me reprochó mi actitud, algo que yo, desde luego, me apresuré a rebatir. Los padres no cambian, pero ¿cambiamos nosotros cuando ya somos padres? ¿Dónde se establece el corte de la flexibilidad y de la tolerancia?

 M.L, el hombre más disfrutón que he conocido, dio al botón de enviar y me regaló un sms que pienso guardar: «Mi querida profesora de baile: quiero que sepas que si hoy se acaba el mundo me llevo un buen recuerdo de ti. Feliz Navidad». Yo al él lo recordaré siempre en una noche de farra portorriqueña cuando, tras bailar como peonzas, se retiró el grupo musical y un disc jockey de pacotilla puso música zambombera. M. se lanzó hacia él como un sputnik: «No hemos venido de Bélgica y de Holanda para escuchar esta puta mierda». Y tuvimos que abandonar el local, desde luego.

Con A. y un fuerte trancazo fui el otro día al cine a ver «Las Sesiones», de Helen Hunt (qué honestidad la de ese cuerpo desnudo),  y a la salida me acompañó  a comprar los ingredientes para un caldo dándome instrucciones de cómo preparar una infusión de jengibre que me resucitaría de entre los muertos. Después, mano a mano en un bar, nos confesamos esas fragilidades mutuas que tan bien conocemos y que nos hacen llorar a ratos y troncharnos a continuación. Justo antes de despedirnos nos abrazamos fuerte: «Menos mal que te tengo, amiga».

-Recuerda cortar en láminas el jengibre, anda…

Las Sesiones

L. no se anduvo por las ramas: «Espero que los hombres cuerdos sepan ver nuestro corazón». Esta frase del Pequeño Saltamontes, advertiré, siguió a otra menos prosaica: «Y yo sin horizonte sexual…Espero no haber perdido el tren». Y justo después:

-Es que los de mi quinta son unos momios.
-Pues nada, a por los de 60 y con Viagra.
-Qué triste, ¿no?
-Qué químico, mayormente…

El asunto de la pareja había sido trendingtopic en mi cena con J.M, un amigo listo como él solo que, después de escuchar mi relato, sentenció: «Yo no creo en el amor sin admiración. Me parece imprescindible admirar a la pareja. Y luego es una lotería… » Añadiré que él está felizmente casado desde hace dos décadas y admira a su mujer, y es bonito que te lo cuente al calor de una copa de vino después de comprobar ambos en un estreno que Tom Cruise será un degenerado cienciólogo bajito, pero el tío se lo curra con las fans como si no hubiera un mañana. Y se conserva con aspecto de treintañero.

Dejo de aburriros, que así podría seguir hasta acabar el año. Me faltan dos frases. Una se la dijo a J., la mujer de su vida el otro día: «Nunca más te pediré nada» y fue triste como epitafio de cementerio. La otra me la he encontrado esta mañana en el teléfono. La firmaba mi amigo M., que acaba de tener un accidente y que ayer me regaló una de nuestras conversaciones y me prestó «Verano», de Coetzee, para luego comentarlo como solemos. «Hola amiga, toda una prueba de amistad venir a visitarme al Finisterre de Madrid…Aunque siempre nos quedará la ventana de Casa Manolo. A ver qué tal se nos da el 2013».

Pues eso, a ver qué tal se nos da…

PD. El tema musical es una concesión a mi generación (valga la cacofonía)