Mi querida Big-Bang:

Anoche M. habló de J. como se habla de un dolor que aún no ha entrado en el congelador. El más allá debe ser un espacio para los que te piensan cuando ya te has podrido en un agujero. Y el olvido es un infierno. Así, cada vez que me asomo a la puerta de la nevera y miro a mi abuela en esa foto con su gesto entre adusto y burlón, le doy un punto de eternidad. Hay muertos que sólo reviven el día de la esquela del periódico. J.no. Cada naranjo de su huerto es un paseo por el bosque de su memoria. M. quiere que sea así, pero no un altarcillo panegírico que atrape al muerto entre los muros de la casa: «Espero que en dos años esto no sea así, no puede ser así», resuelve tan guapa y tan de negro.
«¿Te das cuenta que mucha gente que se muere sin haber tenido un amor?» me dijo una vez mi querida A-2, cuando le explicaba lo que una vez tuve, perdí y recuperé. Cierto. Y puede que las grandes historias sean mentira. El otro día vi «El discurso del Rey». Wallis Simpson y el rey Eduardo no parecen vivir ese arrebato heroico que nos ha vendido la historia, sino lo que vulgarmente se conoce por encoñamiento. «Hay que ver estos ingleses qué rencorosos son, pensé, que con tal de sacar su ponzoña vital son capaces de hacer añicos una historia romántica». Si esta es de mentira, hemos de dudar de esas otras de plexiglás que se nutren de la lana de de las alfombras rojas de Hollywood. ¿Llorará Pitt a Angelina el día que esta muera o se echará en brazos de otra que le jure que no va a tener más hijos, y menos aún con cara de serial killers asiáticos?
Creer o no creer, esa es la cuestión. Quemar los cuentos edulcorados de príncipes y princesas y contar la historia de M. y J. Ambos casados, con matrimonios de esos que pueden duran la eternidad gris monocromática. Un día se conocen, otro se reconocen, se dan cuenta de que no pueden respirar si no es cerca el uno del otro. Y rompen con sus vidas anteriores, y escandalizan al mundo como Wallis y Eduardo. «Pasó el tiempo, yo no me quedaba embarazada, y nos planteamos que podíamos vivir sin hijos -relataba ayer M. bebiéndose al fin con ganas una crema caliente. «Estábamos bien juntos, solos, y entonces decidimos hacer la tesis doctoral». Así fueron pasando los años, la tesis, dos hijos, un centro de terapia, un huerto…
Resuelvo poner una foto de J. en mi nevera. Quiero resucitar a mis muertos y a los muertos de mis amigas un rato cada vez que me prepare el primer café del día. Resuelvo matar de una vez por todas a Blancanieves y al príncipe relamido ése del beso y contar otra vez La Princesa Prometida. O la historia de M. y J., apenas interrumpida. «Sé que J.va a estar siempre conmigo», decía ella casi al despedirse. Puede que eso sea lo que otros llaman pomposamente la vida eterna.