Últimamente braceo a manotazos, los pies enredados en un bancal de algas, falta de oxígeno. Soy una trucha arcoiris, asesina,  sobre  piedras de aquel río helado, boca ansiosa. Después, saco mi yo más práctico, radical y efectivo. A saber: Planeo chimeneas encendidas y las prendo, somnoliento crepitar de llamas que recogeré mañana con una pala de hierro envejecido. Hay viento en mis oídos y a mi amiga le arrancarán un trozo de su cuerpo en unas horas. Muy de mañana el vecino me ofreció  una botellita de licor de hierbas casero con tímida ternura. “Gracias, lo recojo a la vuelta del paseo”, me escuché musitar, amplia sonrisa. Los dos decidimos esconderlo entre las hierbas menta del camino que huelen a orín de gato y a primavera gentil, adolescente. “Descuida, no lo verá nadie, ve tranquila”, ha dicho él, tan enjuto y vestido de domingo.

La ira, ¿de eso hablaba?. Las llaves son más que instrumentos para entrar en mi Casa. Son parte de mis tripas, quiero recuperarme íntegra. Cómo te atreves a impedirlo, matarilerilerón, versos en consonante. Piso el camino como quien pisara uvas podridas en la vendimia, ando cual legionario insomne y leo a esa mujer, Ariana Harwicz, que me sigue produciendo esa extraña sensación de desnudo radical como en «Matate amor». Sudor  asfixiante y pasado por azufre o por clavos. Escribe como arrancándose padrastros. Yo a veces también, ahora que lo pienso. No hay hueco entre sus palabras y su alma más corpórea, más radicalmente feroz en la trinchera. Perturbadora siempre, redimida:

“Soy una virgen que vive con su madre en una caravana y en invierno se frotan como dos cetáceos. Soy esa que come hígado de pato con las manos y las uñas rotas. Esa que se ríe y salta en el vendaval de la mano. La concha cerrada hasta la vejez”. (“La débil mental”, editorial Mardulce).

Mi novela, la mía,  me espera y desespera en el fondo de un pozo a la intemperie. Se la puede tragar, si me descuido. Después el cuerpo de rescate, las grúas, los alardes científicos, las letras diseminadas sin orden ni concierto, las crónicas sin alma. ¿Cómo podría comprar un cucurucho de tiempo sin urgencias? ¿Y si mis dos personajes se han matado a mordiscos desde que les quité ojo, hace ya algunos meses, otra vida?

(Algo tan verosímil que da miedo, y ese familiar sentimiento de culpa por abandono. De madre y de mujer. De todo un poco).

Vuelta a la realidad. A que una mujer no es más ni es menos por un pecho. Un seno. Una montaña madura, tan blanda y esponjosa. Partamos de esa base. Pero ella teme el instante del despertar y no hallarse completa, el hueco tan oscuro, hermoso en la invisible cicatriz que hoy cubre un corazón de mil latidos. Al galope del amor que nos regala desde hace tantos años y es tan madre de todas que su pecho, diría, es un refugio de miel, una luna sin noche, un despertar sin frío.

Apunto un kit de necesidades básicas, urgentes: invocar la pereza por un día, soñar que ya es verano y estoy en esa playa, cualquier playa me sirve si entierra mis tobillos y se detiene el sol sobre la curva de unas rodillas blancas y nerviosas huérfanas de manos y de baile. Es marzo que mayea, feliz remordimiento. El miedo es el peligro, como siempre. Las llaves, el seno y la tangente, el licor amarillo, las urgencias. La novela creciéndome debajo de las uñas. Ariana y su vapor naranja amarga en la cara, el calendario en caída libre, hojas desparramadas. La trepadora en on, comprobé esta mañana en mi patio feliz, recuperado.

Domingo al fin y al cabo, te diría…