Te vas e inmediatamente te desaparecen. O a las pocas horas, o días, o semanas. O …

Irse es empezar a morir un poco.  El futuro es un ejercicio de pura resurrección que ahora se llama reinventarse. El eufemismo, ya sabes,  es como ese bálsamo del Tigre maloliente. Vale para casi todo.

No es dramático, le decía el otro día a L. tomándonos un zumo de naranja después de una satánica sesión de reconstrucción de lumbares en el fisio. No somos tan importantes, el apego es móbile, como la donna. Las vidas se reorganizan como caprichosos sistemas entrópicos. De repente estás, al minuto no estás y se pone en marcha la máquina del olvido. Unas piezas sustituyen a otras y no, no son lo mismo pero hacen el apaño. Remiendos a la cubana de esos viejos coches que funcionan con latas y un poquito de alegre desesperación.

No hay reproches.  Hay un fondo de tibia decepción que se parece mucho a la niebla que precede a un día de sol.  Hay relaciones tejidas al calor de una trainera donde remabas en grupo y con esfuerzo. A ratos agónica corriente arriba, como la del salmón. La camaradería de un campamento de verano adolescente del que todos salíamos con el amor de nuestras vidas y al llegar a casa y leer esas cartas se producía un extrañamiento pegajoso. ¿De verdad quiero quedar en Madrid con ese chico de Burgos con acné y mirada bovina?

También las tensiones, la indignación, la ira. Los nervios. El desengaño. Los sentimientos unen. La emoción es presencia. Te vas y se evapora. Normal. La máquina del olvido no necesita ningún mantenimiento ni se actualiza como una Thermomix cada diez años. La supervivencia es quien la engrasa. El instinto de presente. Ese tan animal del que nadie escribe ni habla, y sin embargo…

«Ellos están enredados en un aquí y un ahora del que ya no formamos parte», te decía. ¿Ni una llamada de cómo estás? ¿Apenas un «Feliz Año. Espero que te vaya bien»? Frío, frío. Tienes razón. Las preguntas autoconclusivas, esas que no esperan respuesta, son las más dolorosas. Uno es la medida de lo que pregunta. De lo que quiere saber. Preguntar es comprometerse, desde luego. Los que nos ganamos la vida haciendo preguntas a otros sabemos que no es fácil escupir palabras sin que te mojen un poco.


«Ya somos el olvido que seremos«, escribió Héctor Abad Faciolince en ese libro magnífico del que aún no se ha recuperado, me parece.  Y antes  J.L Borges. Pero somos aún más un aquí y un ahora. Y puede que la eternidad sea aferrarse al chispazo del momento con todas nuestras ganas, y dejarlo pasar en una despedida seca, desprovista de lágrimas. Y ver aquellas caras en un caleidoscopio emocionante, y estrenar un jersey, unos zapatos, y sentirse domingo cada lunes.

A todos mis fantasmas del pasado, sabed que sí os recuerdo aunque no me manifieste, como esas almas tercas en las sesiones caseras de la buija. A ratos saco mi vieja Super-8 y os proyecto. Y se me escapa una sonrisa, alguna lágrima, bastantes carcajadas. Fuimos y disfrutamos. Sufrimos y picamos mucha piedra. Espero perdonéis mis torpezas y excesos. Soy tan profundamente humana que da miedo. Quedáos si podéis con mi pasión y con ese entusiasmo casi infantil que es mi droga.

P.D. El poema de Borges es perfecto para este domingo amodorrado en el que planeo un encuentro feliz con mis amigas de la universidad. Esas que siempre están y estuvieron. El presente continuo que es el amor verdadero.

Aquí. Hoy

Ya
somos el olvido que seremos.

El
polvo elemental que nos ignora



y
que fue el rojo Adán y que es ahora



todos
los hombres, y que no veremos.






Ya
somos en la tumba las dos fechas



del
principio y el término. La caja,



la
obscena corrupción y la mortaja,



los
triunfos de la muerte, y las endechas.




No
soy el insensato que se aferra



al
mágico sonido de su nombre.



Pienso
con esperanza en aquel hombre






que
no sabrá que fui sobre la tierra.



Bajo
el indiferente azul del cielo,



esta
meditación es un consuelo.

P.D. 2. Y para ti, querida L, este fragmento de «El Olvido que seremos», la novela que conviene leer para identificar un sentimiento que todos hemos experimentado a través de una historia única:

«Todos estamos condenados al polvo y al olvido […]. Sobrevivimos
por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de
otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa,
está siempre más cerca de desaparecer. Los libros son un simulacro de
recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer
un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas esas
personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria,
todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya
desaparecieron y son solo fantasmas, o vamos camino de desaparecer, y
somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. En
breve todas estas personas de carne y hueso, todos estos amigos y
parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me
odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y
tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y
eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará
sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se
irán borrando en el cementerio».